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¡Extra, extra!: El grito se apaga en CDMX 

Durante más de un siglo los voceadores llevaron las noticias a las calles de la Ciudad de México. Hoy, entre celulares, redes sociales y la caída de la prensa impresa, aquel grito de “¡Extra, extra!” comienza a convertirse en un eco del pasado.

¡Extra, extra!: El grito se apaga en CDMX 

¡Extra, extra!: El grito se apaga en CDMX  FOTO: Gemini AI

Aceptémoslo, el paisaje urbano de la Ciudad de México no será el mismo sin un voceador gritando en las calles las noticias de última hora. A veces acompañados de un “diablito” o flanqueados por un puesto de periódicos cercano, los voceadores han sido los juglares modernos que nos “cantan” los acontecimientos de actualidad para mantenernos informados y obvio, ganarse la vida al vender revistas, periódicos y suplementos que desgraciadamente se van extinguiendo poco a poco, al igual que sus vendedores. 

Desde hace más de un siglo, la figura del voceador ha quedado inmortalizada en la gráfica, el cine, la televisión y la cultura popular. Sin embargo, la caída de la prensa impresa y las nuevas formas de consumir información han puesto en riesgo un oficio que alguna vez llevó las noticias directamente a las calles. 

Las nuevas generaciones no lo saben, pero antes de que la televisión y la radio se metiera a todos los hogares a través de sus noticieros matutinos, hubo una época que las noticias se escuchaban “gritadas” en la calle. Después convivieron y sobrevivieron cada uno a su manera. Hoy, todo el mundo recibe notificaciones en la comodidad de sus celulares. 

El grito de guerra era un: “¡Extra, extra!” que normalmente se acompañaba del titular de primera plana a ocho columnas. La nota roja siempre ha sido una de las predilectas del público mexicano, así que, para las ediciones vespertinas, los voceadores aprovechaban el morbo para vender. El icónico grito de los voceadores llenaba avenidas, mercados, plazas, cafés y otros espacios públicos con los periódicos bajo el brazo. Ahora, el voceador tradicional, aquel que recorría las calles pregonando las noticias, se ha convertido en un personaje cada vez más difícil de encontrar. 

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Un oficio con más de un siglo 

Pero para entender este oficio, vayamos al inicio. La historia del voceador está estrechamente relacionada con el desarrollo de la prensa moderna en México. La Unión de Voceadores de México señala que la venta callejera de diarios se remonta por lo menos al año de 1890. Sin embargo, existen antecedentes todavía más antiguos. Una investigación de la UNAM cita descripciones del escritor y cronista de la Ciudad de México, Salvador Novo, sobre vendedores de publicaciones en esta urbe desde las primeras décadas del siglo 19.  

Pero para inicios del siglo 20, este oficio tuvo un auge inusitado, con la creación de múltiples casas editoriales y la competencia entre los periódicos de gran circulación. Un dato histórico relevante pone como una especie de parteaguas la creación, en 1896, de “El Imparcial”, de Rafael Reyes Spíndola. ¿Y que ocurrió con la aparición de tantos periódicos en el panorama nacional? Pues que se requería de un ejército de voceadores que lucharan con sus voces en las esquinas para ganarse la confianza y el cariño de los ciudadanos que circulaban por las calles de un México que caminaba con paso firme hacia la modernidad.  Muchos de aquellos primeros “papeleros”, como se les conocía, eran niños que recorrían calles, teatros, mercados, plazas, cines y cafés anunciando las noticias del día.  

De las calles a una organización 

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Como todo negocio, hubo quienes se aprovecharon de un oficio (el periodismo), pero también el auge de un modelo de negocio y la algarabía que le acompañaba, muy pronto se convirtió de pronto en explotación laboral. No por nada los vendedores se organizaron y en 1923 surgió formalmente la organización que daría origen a la actual Unión de Expendedores y Voceadores de los Periódicos de México.  

Ya organizados, los voceadores se convirtieron en una pieza fundamental del sistema de distribución de periódicos y revistas en la capital. Pero su función iba más allá de entregar ejemplares. El voceador también hacía algo parecido a lo que actualmente realizan las redes sociales: llamaba la atención sobre determinadas noticias. 

Y es curioso como niños, adolescentes y adultos que vivían en la precariedad, eran quienes ayudaban “vendiendo” historias que consideraba capaces de despertar el interés de los peatones. De alguna manera, también ayudaban a colocar determinados acontecimientos en la conversación pública. Si lo llevamos a términos actuales, ellos serían una suerte de “redes sociales” de su tiempo: el voceador identificaba qué encabezados podían vender y los pregonaba en las calles.  

Cuando un periódico podía vender miles de ejemplares diarios 

En el inmenso mar de información que es la web se pueden encontrar testimonios interesantes sobre este oficio. Como el de Ernesto García, entonces secretario de la Unión, quien aseguraba que su padre, también voceador, habría vendido alrededor de 2 mil ejemplares en un solo día cuando fue asesinado el presidente estadounidense, John F. Kennedy, en 1963.  

Durante décadas, enterarse de un acontecimiento extraordinario podía significar literalmente correr a comprar un periódico. Pero de pronto, el internet cambió las reglas del juego. Su llegada, la de los teléfonos inteligentes y posteriormente la de las redes sociales, transformaron radicalmente la manera en que las personas consumimos información. La noticia dejó de depender de los horarios de impresión, distribución o transmisión. Ahora todo puede conocerse prácticamente en el mismo momento en que ocurre. 

Las consecuencias de la transformación digital se reflejaron en las ventas: en 2016, la Unión de Voceadores declaró a el diario El País que mientras décadas atrás unas 40 mil familias habían estado relacionadas con esta actividad en la capital, para los años noventa quedaban poco más de 15 mil y para 2016 la cifra reportada rondaba las 7 mil 500.  

El mismo reportaje mostraba otro cambio significativo: puestos que anteriormente podían vender más de cien periódicos diarios llegaban a colocar apenas una decena. Ante la reducción de compradores, muchos comenzaron a complementarsus ingresos vendiendo refrescos, dulces, cigarros y otros productos.  

Una caída de 60 por ciento 

Datos más recientes muestran que la transformación continuó. En 2023, Milenio informó, con datos sobre la Unión de Expendedores y Voceadores, que la venta de periódicos había disminuido 60% durante la década anterior. Para ese año, la organización contaba con alrededor de 3 mil 500 integrantes que distribuían productos editoriales en las 16 alcaldías de la Ciudad de México y 12 municipios del Estado de México. 

También existían alrededor de 3 mil 500 puntos de venta pertenecientes a esta red en la CDMX y su zona conurbada, cuyos propietarios tenían alrededor de 50 años. Este último dato plantea otro desafío: el relevo generacional de un oficio que durante mucho tiempo pasó de padres a hijos. 

Y es que el voceador no ha desaparecido, pero se transformó. El oficio no está completamente extinto. Todavía existen vendedores, puestos de periódicos y una organización dedicada a distribuir publicaciones impresas. Lo que prácticamente se ha perdido es la figura que dio nombre al oficio: el hombre o la mujer que caminaba por las calles voceando, es decir, gritando las noticias para vender sus ejemplares. Ya en 2016, integrantes de la propia Unión reconocían que quedaban vendedores en cruceros y semáforos, pero señalaban una diferencia fundamental: ya no “cantaban” las noticias.  

De esta manera, lo que ya prácticamente desapareció no es solamente una forma de vender periódicos, sino también uno de los sonidos que durante décadas caracterizaron a la Ciudad de México. Antes de que un teléfono vibrara en el bolsillo para anunciar una noticia de última hora, hubo alguien que atravesaba la ciudad con los diarios bajo el brazo y utilizaba una herramienta mucho más sencilla para conseguir la atención de miles de personas: su propia voz. 

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