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Lula vuelve a las urnas. La historia del obrero que hizo de la resistencia su destino

Nueve dedos han acompañado una de las trayectorias políticas más extraordinarias de América Latina. Pero para entender por qué, hay que explicar la trayectoria del primer presidente obrero de Brasil.

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Tiene nueve dedos, ha sujetado herramientas, encabezado huelgas, saludado presidentes, atravesado los barrotes de una cárcel y levantado la banda presidencial. Luiz Inácio Lula da Silva es el hombre que este domingo 4 de octubre vuelve a pedirle a Brasil una oportunidad para gobernar. 

Lula da Silva nació el 27 de octubre de 1945 en Garanhuns, Pernambuco, en el nordeste brasileño. Su familia emigró hacia São Paulo y él terminó incorporándose al enorme cinturón industrial que durante décadas moldeó la economía y la política del país.

Se formó como tornero mecánico y trabajó como metalúrgico. A finales de los años sesenta comenzó su trayectoria sindical y en 1975 llegó a la presidencia del Sindicato de los Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema, donde representó a alrededor de 100 mil trabajadores.

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Cuando Lula tenía apenas 17 años, mucho antes de convertirse en uno de los políticos más reconocidos de América Latina, trabajaba en una fábrica de tornillos en São Paulo. En 1962, un torno mecánico aplastó el dedo meñique de su mano izquierda y los médicos tuvieron que amputarlo. 

Antes del traje presidencial estuvo el overol y antes de los discursos, soportó el ruido de las máquinas.

Y antes de que millones de brasileños escucharan su voz, Lula conoció desde abajo aquello de lo que después hablaría desde el poder: el salario, la fábrica, la organización obrera y la desigualdad.

Para 1979, 170 mil metalúrgicos participaron en las movilizaciones del ABC paulista. El actual presidente de Brasil se convirtió en una de las voces centrales de un movimiento sindical que comenzaba a desafiar directamente al régimen. Un año después fundó, junto con sindicalistas, intelectuales y organizaciones sociales, el Partido de los Trabajadores (PT), una lucha que lo llevaría por primera vez a prisión. 

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En 1980, durante otra huelga, el gobierno intervino en el sindicato y Lula, en compañía de otros dirigentes, fue detenido con base en la Ley de Seguridad Nacional de la dictadura. Permaneció 31 días encarcelado. Pero esta no iba a ser su última visita a la cárcel.

En 1989, 1994 y 1998 compitió por la presidencia y en las tres elecciones perdió. Pero persistió. 

Sin embargo, fue hasta 2002, cuando finalmente, ganó.

El metalúrgico de Pernambuco asumió la presidencia el 1 de enero de 2003 después de recibir más de 52.7 millones de votos. Cuatro años después fue reelegido con más de 58.2 millones. 

Fue la primera vez que un trabajador industrial había atravesado prácticamente toda la estructura social brasileña hasta encabezar el país más poblado de América Latina. 

El cáncer intentó apagar su voz

En octubre de 2011, meses después de terminar su segundo mandato, Lula recibió otro golpe: los médicos encontraron un tumor maligno en la laringe y pese a que el diagnóstico parecía particularmente cruel para alguien cuya vida política dependía, precisamente, de la voz, fue sometido a quimioterapia y radioterapia. Perdió peso, cabello y durante el tratamiento sufrió fatiga e inflamación en la garganta.

Cinco meses después, los estudios ya no mostraban evidencia visible del tumor y posteriormente se confirmó su remisión. 

Lula volvió a alzar la voz y volvió a la política.

580 días detrás de las rejas

La siguiente caída sería todavía más profunda.

En abril de 2018, en medio de la operación Lava Jato, una amplia investigación anticorrupción iniciada en Brasil en 2014, que destapó una red de sobornos vinculada a Petrobras, grandes constructoras, empresarios y políticos; Lula ingresó a prisión condenado por corrupción y lavado de dinero. Permaneció encarcelado 580 días, mientras Brasil se encaminaba a una elección presidencial en la que él no pudo competir. 

Lula siempre sostuvo que detrás de los procesos existía una persecución política y  en 2021, el Supremo Tribunal Federal confirmó la anulación de sus condenas, al determinar que la 13ª Vara Federal de Curitiba no tenía competencia para juzgar aquellas causas. 

Aquello que parecía el final de su carrera terminó convirtiéndose en el principio de uno de los regresos políticos más extraordinarios de la región.

Tras la prisión y la recuperación de sus derechos políticos, se enfrentó a Jair Bolsonaro en 2022 y un año después volvió a la Presidencia en 2023.

La relación México – Brasil 

En ese regreso, México ocupó un lugar particular. El expresidente Andrés Manuel López Obrador nunca escondió su cercanía con Lula. Tras la victoria del brasileño en 2022, ambos sostuvieron una conversación pública en la que AMLO lo llamó “hermano, amigo, compañero”.

Lula respondió hablando de profundizar los vínculos entre ambos países y terminó con una frase especialmente cálida: “Lula ama a México”. 

Ya con Claudia Sheinbaum en la Presidencia mexicana, el vínculo político continuó.

En junio de este año, Lula y Sheinbaum conversaron durante 40 minutos y coincidieron en la defensa del multilateralismo, el derecho internacional, la democracia y la no injerencia. Además, los dos gobiernos avanzaron en cooperación energética entre Pemex y Petrobras y en la actualización de su relación comercial. 

Brasil y México, las dos mayores economías latinoamericanas en la actualidad, han encontrado así coincidencias que van más allá de la afinidad ideológica: soberanía, integración regional y una mayor autonomía frente a las presiones externas. 

Lula encuentra en Bad Bunny un mensaje para Brasil

A sus 80 años, Lula también decidió hablarle a una generación que no vivió sus históricas huelgas ni recuerda su primera llegada a la Presidencia y para hacerlo recurrió al controversial artista Bad Bunny. 

Días antes de las elecciones, el mandatario brasileño difundió en redes sociales una adaptación al portugués de “Lo que le pasó a Hawaii”, canción del puertorriqueño que aborda la pérdida de territorio, identidad y soberanía. 

En la versión utilizada por Lula aparece un mensaje dirigido directamente al debate brasileño: “Quieren tomar el río y también la playa, quieren las tierras raras”. La publicación forma parte de un discurso más amplio de Lula en defensa de la soberanía brasileña frente a Estados Unidos. 

En la recta final de la campaña, el mandatario ha acusado a Washington de intentar influir en el escenario político de Brasil, luego de que el gobierno de Donald Trump impusiera dos rondas de aranceles que su administración interpretó como una forma de presión. Lula también ha advertido que su país “no cabe en el patio trasero de nadie” y ha pedido al presidente estadounidense que no intervenga en las elecciones brasileñas. 

Este domingo, Brasil celebra la primera vuelta de sus elecciones generales. Más de 155 millones de personas están llamadas a elegir presidente, gobernadores, senadores y diputados; si ningún candidato presidencial consigue más de la mitad de los votos válidos, habrá segunda vuelta el 25 de octubre. 

Lula llega buscando un cuarto mandato presidencial, frente a una competencia cerrada en la que su principal adversario es Flávio Bolsonaro. Los últimos sondeos lo colocan al frente en primera vuelta, aunque anticipan una eventual segunda vuelta mucho más ajustada. 

Lula llega este domingo a las urnas con nueve dedos, 80 años y una vida que parece haber aprendido una misma lección una y otra vez: caer nunca significó necesariamente quedarse abajo.

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