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Politica
Grandes, coloridos, de materiales insospechados y sobre todo, nada, pero nada discretos. ¿Gusto personal o marca política?
Cuando se trata de aretes, la discreción no es precisamente una obligación constitucional para Clara Brugada. Flores, figuras geométricas, diseños indígenas, borlas de estambre, chaquira tejida, hay de todo y mientras más largos mejor. Imposible no verla y menos a las largas piezas que cuelgan de los lóbulos de sus orejas, que en más de una ocasión, compiten por la atención con el discurso.
En gustos se rompen géneros. Habrá a quién le gusten y quién le parezcan horrendos. Da igual. Porque más allá de querer mostrarnos la fashionista que lleva dentro, parece que lo que la jefa Brugada realmente pretende con ellos es construir una identidad pública reconocible.
Cualquiera pensaría que apenas comenzó a usarlos, pero no. Quizá hay quienes no los habìan notando antes, pero la razón es que han sólo han ido incrementando su tamaño con el paso del tiempo. Lo cierto es que ya desde 2021, un análisis de imagen ya identificaba estas piezas como parte de su sello personal. Clara no descubrió los aretes grandes al llegar al poder. Llegó al poder con ellos puestos.
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Como te ven te tratan, decía mi abuelita. Y el dicho clasista esconde una verdad que la Semiótica se ha encargado de estudiar: la ropa dice mucho de la persona que la porta. Un traje puede proyectar formalidad; un rebozo puede evocar tradición; una pieza artesanal puede sugerir cercanía con las expresiones culturales populares. Utilizar un mismo elemento durante mucho tiempo construye consistencia, y lo que se repite muchas veces termina siendo percibido como realidad.
De esta manera, los aretes de Clara Brugada, más que un accesorio, son una declaración de identidad política. Y cada vez son más grandes porque lo que la jefa de gobierno busca es ganar visibilidad. En suma: una figura pública con una estética propia puede resultar más fácil de identificar, recordar y relacionar con determinados valores.
Ni Clara ni Sheinbaum inventaron el uso de prendas que se apartan del estereotipo acostumbrado de la imagen de funcionaria política. Eso quizá lo inventó Beatriz Paredes en una época cuando la gente se iba de espaldas al verla entrar a la Cámara de Diputados en huipil. O quizá fue Esther Zuno de Echeverría cuando se plantaba su vestido de China Poblana para ir a recibir a cualquier mandatario extranjero a mediados de los 70. Pero lo cierto es que las cuatro han contribuido a romper con la vieja expectativa sobre que las mujeres en cargos públicos deben vestirse con la mayor sobriedad posible para proyectar autoridad.
Así que cada vez que veas ahora uno de los tantos anuncios que cubren la ciudad promoviendo los logros de Clara Brugada a dos años de gobierno, y sus aretes te asalten los ojos y no puedas olvidarlos durante el resto del día, recuerda que eso es exáctamente su propósito: comunicar cercanía, autenticidad y una identificación con la cultura popular, para reforzar una marca política que busca diferenciarse y destacar entre otras imágenes del poder.
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