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El oficio de limpiar, escoba en mano, la CDMX 

Los vemos al amanecer empujando sus carritos y barriendo banquetas y avenidas con sus inconfundibles escobas de vara. Son parte del paisaje cotidiano de la CDMX y realizan uno de los trabajos esenciales para que la ciudad pueda comenzar cada día.

Foto: GACETA UNAM

Foto: GACETA UNAM

La Ciudad de México amanece todos los días con prisa. Abren las cortinas de los negocios, aparecen los primeros puestos de comida, el Metro comienza a llenarse y millones de personas salen rumbo al trabajo. Pero para entonces alguien ya pasó por muchas de sus calles: son las barrenderas y los barrenderos. 

Con su carrito, recogedor y una peculiar escoba hecha con varas, recorren banquetas, parques, camellones y avenidas recogiendo aquello que la ciudad dejó detrás el día anterior: hojas, papeles, envases, colillas, restos de comida y prácticamente cualquier cosa que pueda terminar sobre el pavimento.

Se calcula que en la capital hay alrededor de 10 mil barrenderas y barrenderos, de acuerdo con especialistas de la UNAM. Su labor va mucho más allá de una cuestión estética: mantener los residuos fuera de calles y espacios públicos también contribuye a la salud pública y al funcionamiento cotidiano de la ciudad. 

Una de las imágenes más características del oficio está precisamente en sus manos. Mientras en las casas las escobas de fibras sintéticas sustituyeron hace mucho a las de ramas, en las calles de la CDMX todavía sobreviven las escobas de vara de perlilla, palma o mijo. La Secretaría de Obras y Servicios documenta su utilización cotidiana por los trabajadores de limpia. 

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No es una elección meramente pintoresca. Es una herramienta pensada para enfrentarse al pavimento y arrastrar hojas, tierra y desperdicios. Incluso existen especificaciones tradicionales para fabricarlas: documentos recopilados por la UNAM señalan que una escoba de vara de perlilla debía contener al menos 75 varas de un mínimo de 60 centímetros. 

Por eso resulta común ver a los propios trabajadores acomodar y ajustar las varas conforme la escoba se desgasta. En una ciudad cada vez más tecnológica, hay algo sorprendente en comprobar que una herramienta tan elemental continúa siendo eficaz para limpiar una de las metrópolis más grandes del mundo.

Barrer la CDMX significa también caminarla

Una investigación de la UNAM calculó que cada trabajador puede barrer en promedio 1.69 kilómetros por jornada. Su rutina implica caminar, barrer, recoger, cargar y empujar el carrito mientras avanza por la ciudad. 

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Y el trabajo no se detiene porque sea domingo, llueva o haga frío. El servicio se desarrolla durante los 365 días del año, con turnos matutinos, vespertinos y nocturnos.  Quizá ahí radique una de las paradojas de este oficio: notamos inmediatamente cuando una calle está sucia, pero rara vez pensamos en quién hizo posible que estuviera limpia.

El trabajo tampoco está libre de riesgos. Entre las bolsas y desperdicios pueden aparecer vidrios, objetos punzocortantes y sustancias peligrosas, y algunos trabajadores todavía realizan esta labor sin el equipo de protección adecuado. 

Pero antes de reducir su historia a la precariedad, vale la pena mirar lo que hacen. Porque el barrendero conoce la ciudad desde un lugar que pocos conocemos. Sabe qué esquina acumula más hojas, dónde aparece basura cada mañana, qué vecinos salen temprano, quién lo saluda y quién pasa de largo. Su territorio puede ser unas cuantas calles, pero esas calles pasan diariamente por sus manos.

La próxima vez que encontremos a uno detrás de su carrito y escuchemos las varas raspando el pavimento, quizá valga la pena detener la mirada. Porque antes de que millones salgamos a ocupar la Ciudad de México, alguien ya salió a ponerla en orden.

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