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La posible salida del primer ministro pondría a prueba la relación con Washington, mientras la guerra, Irán y las alianzas parlamentarias marcan una elección decisiva.
Urna de votación en las elecciones en Israel de 2015. Foto: Heinrich-Böll-Stiftung Israel (CC BY-SA 2.0)
La permanencia de Benjamín Netanyahu en el poder ya no es únicamente un asunto de política interna israelí. A seis días de las elecciones generales del 27 de octubre, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a intervenir públicamente en la contienda al respaldar la reelección de uno de sus principales aliados en Medio Oriente, una decisión que coloca la relación entre ambas naciones y la estrategia frente a Irán entre los asuntos centrales de la jornada electoral.
Entre una de sus últimas expresiones de apoyo a Netanyahu se encuentra la del pasado 18 de octubre, a través de Truth Social, donde elogió su liderazgo militar y su participación en las operaciones contra la República Islámica de Irán. Trump también advirtió sobre las consecuencias que podría tener un cambio de gobierno para la cooperación estratégica entre Washington y Tel Aviv, en medio de las tensiones militares que han afectado la estabilidad regional y los mercados internacionales.
Pero ¿qué implicaría la victoria de Netanyahu? Mantener la interlocución política entre ambos mandatarios, aunque no eliminaría sus diferencias sobre el alcance de las operaciones militares y las posibles negociaciones regionales. Por el contrario, un triunfo de la oposición obligaría a Washington a establecer una nueva relación con el próximo jefe de gobierno, sin que ello implique necesariamente modificar la alianza militar, diplomática y de seguridad que Estados Unidos mantiene con Israel.
De acuerdo con análisis publicados por Reuters, los principales bloques políticos israelíes coinciden en considerar a Irán una amenaza estratégica y defienden la disuasión militar como parte de su política de seguridad. Las diferencias podrían manifestarse principalmente en el estilo diplomático, la relación con los aliados internacionales y la disposición a negociar acuerdos regionales, más que en un abandono de las prioridades de defensa israelíes.
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El principal adversario de Netanyahu es Gadi Eisenkot, de 66 años, ex jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel y dirigente del partido centrista Yashar. El político se presenta como una alternativa a la coalición encabezada por el Likud, integrada por sectores de derecha, ultranacionalistas y partidos religiosos, aunque también mantiene posiciones firmes en materia de seguridad nacional.
La trayectoria de Eisenkot está marcada por una pérdida personal durante la guerra. Su hijo, Gal Meir Eisenkot, de 25 años, murió el 7 de diciembre de 2023 mientras participaba como reservista en operaciones militares en Gaza. Un día después, la familia enfrentó otra pérdida con la muerte de su sobrino Maor Cohen Eisenkot, de 19 años, también en combate. Ambos fallecimientos fueron confirmados por las Fuerzas de Defensa de Israel.
A diferencia de la coalición de Netanyahu, Eisenkot busca proyectar una conducción política menos dependiente de los sectores más radicales, aunque no plantea abandonar la presión sobre Irán ni reconoce actualmente la creación de un Estado palestino como una solución inmediata. Entre sus planteamientos se encuentran mejorar la gestión del conflicto en Gaza, revisar la exención del servicio militar para determinados estudiantes ultraortodoxos y atender los elevados costos de vida que afectan a la población israelí.
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La oposición también incluye a figuras como el exprimer ministro Naftali Bennett y Yair Lapid, quienes participan mediante su propia alianza electoral. Esta fragmentación impide reducir los comicios a un enfrentamiento directo entre dos aspirantes y anticipa negociaciones complejas para determinar quién podrá integrar el siguiente gobierno.
El sistema parlamentario israelí establece que los ciudadanos elegirán a los 120 integrantes de la Knéset, no directamente al primer ministro. Para formar gobierno es necesario conseguir el respaldo de al menos 61 legisladores, por lo que las alianzas entre partidos serán determinantes después de la votación. Las formaciones políticas deberán alcanzar un mínimo del 3,25% de los votos válidos para obtener representación parlamentaria.
Los comicios serán los primeros desde el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la guerra posterior en Gaza, acontecimientos que modificaron las prioridades de seguridad y profundizaron las divisiones políticas del país. Netanyahu llega a la elección enfrentando cuestionamientos por las fallas de seguridad previas al ataque, las consecuencias humanitarias del conflicto y los procesos judiciales por presunta corrupción que continúan marcando su trayectoria.
Para Trump, el resultado también tendrá consecuencias políticas, pues su respaldo expreso a Netanyahu lo vincula personalmente con el desenlace electoral israelí, mientras el país que gobierna enfrenta sus propias elecciones legislativas de noviembre y debates internos sobre el costo económico y estratégico de los enfrentamientos en Medio Oriente. No obstante, una eventual derrota de Netanyahu podría debilitar la posición política de Washington frente a Irán y obligar al gobierno estadounidense a replantear su estrategia regional.
Para Israel, el resultado después del próximo 27 de octubre influirá en la conducción política después de años de guerra; para Estados Unidos, pondrá a prueba su capacidad de mantener una alianza estratégica incluso si las urnas desplazan al dirigente que Trump decidió respaldar públicamente. 120 legislaciones por definir con consecuencias políticas que podrían extenderse mucho más allá de sus fronteras.