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OPINIÓN

MAL DE AMORES, la historia de una mujer que aprendió a elegir como los hombres

Una mujer no nació para escoger entre el amor y la libertad; nació para tener ambos, aunque al mundo le incomode verla decidir por sí misma.

Martes, 8 de Septiembre de 2026

Durante siglos, a las mujeres nos enseñaron que amar era lo más importante, que la felicidad significa ser elegida por un hombre y permanecer a su lado. A ellos, a los hombres, en cambio, se les educó para elegir sus ideales, sus ambiciones, sus aventuras, su profesión, su libertad y después —si quedaba espacio— el amor. Tal vez por eso Mal de amores resulta tan incómodamente vigente: porque Emilia Sauri termina haciendo algo que durante demasiado tiempo pareció reservado a los hombres: elegirse a sí misma sin renunciar al derecho de amar.

Alentada por la recomendación de este mismo medio y, debo confesarlo, a pesar de mi poca afición por las historias ambientadas en esa época que en México llamamos “la Revolución”, decidí ver en Netflix la adaptación de la novela de Ángeles Mastretta: Mal de amores. No esperaba demasiado. Me equivoqué.

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Lo primero que pensé al comenzar el primer episodio fue algo parecido a: “los ilusos contra el Porfiriato y la consabida muchacha que se enamora del rebelde; de ese hombre que seguramente la hará llorar un día sí y el otro también”. Y fue precisamente ahí, en el deseo que Emilia tiene de ser amada y en esa paciencia femenina que tantas veces confundimos con amor, donde comencé a sentirme identificada. Así que seguí mirando.

Antes de continuar debo hacer una confesión: aún no he leído la novela. Aunque mientras escribo estas líneas, ya pedí el libro. Que quede claro entonces que por eso hablaré exclusivamente de lo que percibí a través de la pantalla. Si la serie tiene diferencias, licencias u omisiones importantes respecto de la obra original, responsabilizo enteramente a Catalina Aguilar Mastretta, hija de la novelista y encargada de la adaptación. Y a las dos Mastretta las responsabilizo también por las lágrimas y emociones que me provocaron este sábado.

Conmigo, sin embargo, la historia comenzó con el pie izquierdo. Su representación del Porfiriato me pareció excesivamente oscura y polarizada. No había democracia, es cierto, pero también fue una etapa de importantes transformaciones y progreso. Algunas veces, incluso hoy, sigo preguntándome cuánto existe realmente el derecho al voto libre y cuánto pertenece a un juego diseñado y administrado desde otras esferas. Pero esa discusión es harina de otro costal y merece su propio artículo.

Volvamos a Emilia.

Emilia parecía estar enamorada de Daniel Cuenca: el muchacho revolucionario, soñador, idealista y con una responsabilidad emocional bastante cuestionable. Un hombre que, como tantos que he conocido, siempre supo elegirse a sí mismo. Aunque, para ser justos, Daniel tenía una diferencia importante respecto de muchos hombres actuales: tenía ideales y era un patriota de esos que hoy parecen estar en peligro de extinción. En fin, digo que Emilia parecía estar enamorada de Daniel porque, conforme avanzaba la historia, comencé a sospechar otra cosa: que quizá Emilia estaba, sobre todas las cosas, enamorada de sí misma. De la mujer que quería llegar a ser. Ella ambicionaba la libertad y posiblemente encontró en Daniel un espejo: alguien tan hambriento como ella de aventura, de independencia y de una vida que no estuviera escrita de antemano.

Por eso creo que Mal de amores no es, en realidad, la historia de una mujer incapaz de decidir entre dos hombres. El dilema de Emilia no se trata simplemente de elegir entre Daniel Cuenca, el idealista que nunca supo sostenerla emocionalmente, o el doctor Antonio Zavalza, el hombre entero que le ofrece amor, libertad y desarrollo profesional. La verdadera elección de Emilia es mucho más difícil: decidir entre convertirse en la mujer que los demás esperaban que fuera o atreverse a ser la mujer que ella había elegido ser.

La decisión de elegirnos a nosotras mismas debería ser algo tan común que ni siquiera tuviéramos que hablar de ello. Si bien las más jóvenes ya comienzan a hacerlo costumbre, para muchas otras sigue siendo un acto de valentía que, en ocasiones, nos distancia incluso de otras mujeres. Porque cuando una mujer se elige de verdad, como lo hizo Emilia, inevitablemente altera su entorno. Su decisión incómoda, rompe expectativas y afecta a quienes estaban acostumbrados a una versión de ella construida para satisfacerlos. Se los dice una mujer a quien el privilegio de elegirse a sí misma le ha costado, algunas veces, su propio mundo.

Regreso a Emilia. Con la Revolución como telón de fondo, ella también enfrenta una batalla mucho más importante que decidir entre Daniel, el aventurero revolucionario que le ofrecía un amor incapaz de convertirse en compromiso, y Zavalza, que representaba la paz, la compañía, la comprensión y, sobre todo, la posibilidad de construir una vida juntos. Emilia aprende algo todavía más transgresor: a no elegir entre ellos. Aprendió, diría yo, como históricamente se les ha permitido elegir a los hombres.

Y para entender la dimensión de esa decisión debemos recordar la época en la que está situada la historia. Durante la Revolución Mexicana, las mujeres eran vistas, en gran medida, a partir de los roles que la sociedad les había asignado: esposas, madres, cuidadoras del hogar y compañeras silenciosas de los hombres. Su valor social estaba estrechamente ligado a la familia y a su capacidad para sostenerla. Hubo, por supuesto y como siempre, mujeres extraordinariamente valientes que resultaron indispensables para nuestro país. Sin embargo, aquella sociedad podía permitirles curar heridos, alimentar soldados y sostener familias enteras, pero difícilmente estaba preparada para reconocerlas como mujeres con voz, autonomía y poder.

Es justamente en ese contexto donde la decisión de Emilia adquiere otra dimensión. Porque ella comprende finalmente que en su vida estaba en juego algo más importante que decidir a quién amar: estaba en juego su propio futuro. Su profesión. La posibilidad de convertirse en doctora contra los prejuicios, contra las expectativas y si era necesario, contra todos. Podía olvidarse de elegir a un hombre, pero nunca podía olvidarse de elegirse a sí misma.

Y esa sigue siendo, más de un siglo después, una decisión por la que a muchas mujeres la sociedad todavía nos reclama. Porque Emilia, pese a ser distinta a las mujeres de su época y muy poco convencional, también durante mucho tiempo esperó exactamente lo mismo que se esperaba de todas: ser elegida por un hombre. En su caso, por Daniel Cuenca.

Cuando finalmente deja de perseguirlo, decide estudiar, desafiar las convenciones y convertirse en doctora; cuando comienza a hacer aquello que los hombres han hecho durante siglos —perseguir sus sueños sin pedir disculpas por ello— fue cuando volví a sentirme identificada con ella, aunque esta vez de una manera mucho más luminosa. No sé muy bien si la vida que tengo la elegí yo o si el destino fue tan generoso que terminó obligándome a ser libre. Pero lo que sí conozco son los obstáculos que enfrenta una mujer cuando decide desenvolverse por el mundo con la misma libertad con la que históricamente lo han hecho los hombres.

Emilia, además, tuvo una gran inspiración: su tía Milagros. Una mujer que, al parecer sin demasiado conflicto interno, había aprendido a elegirse así misma mucho antes que ella, aunque pagando un costo social importante. Aquello que para algunas personas —entre las que me incluyo— representa valentía y libertad, para la sociedad de su época podía ser motivo de rechazo, crítica e incluso odio. Yo también he encontrado inspiración en mujeres valientes e independientes. Y, como Emilia, también he conocido esa espera absurda de ser elegida por un hombre.

Pero, como dije antes, quizá el universo tuvo otros planes y terminó obligándome a ser libre. Ya no soy una mujer que espera. Me he elegido muchas veces. He sobrevivido a varios Daniel Cuenca porque, dicho sea de paso, obedecer nunca ha sido precisamente una de mis virtudes.

Elegirnos tiene un precio. A veces significa perder lazos familiares, dejar de coincidir con amigas que habitan otras realidades o incomodar a quienes preferían nuestra versión más dócil. Pero, si el precio de conservar mi libertad y mi voz fuera incluso la vida, lo pagaría gustosa.

Quizá las nuevas generaciones de mujeres nunca alcancen a comprender todo lo que costó llegar hasta aquí. Ojalá así sea. Porque significará que finalmente conseguimos algo mucho más grande que nuestra propia libertad: borrar de la memoria colectiva aquella época en la que una mujer tenía que pedir permiso para elegirse a sí misma.

Lu Chavira, en honor al apellido de mi madre.

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