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Entre mantequilla, miel y ruedas: el oficio que convirtió a los hot cakes en un clásico de banqueta 

Hay oficios de la Ciudad de México que se anuncian con un silbido, otros con una bocina y algunos simplemente necesitan una plancha caliente y el olor de la mantequilla escapándose hacia la banqueta. Cuando cae la noche, aparece uno de ellos: el carrito de hot cakes.  No tiene mesas de brunch, reservaciones ni una cocina enorme. Todo cabe en…

Entre mantequilla, miel y ruedas: el oficio que convirtió a los hot cakes en un clásico de banqueta 

Entre mantequilla, miel y ruedas: el oficio que convirtió a los hot cakes en un clásico de banqueta  FOTO: FB: Richy Calderon

Hay oficios de la Ciudad de México que se anuncian con un silbido, otros con una bocina y algunos simplemente necesitan una plancha caliente y el olor de la mantequilla escapándose hacia la banqueta. Cuando cae la noche, aparece uno de ellos: el carrito de hot cakes

No tiene mesas de brunch, reservaciones ni una cocina enorme. Todo cabe en unos cuantos metros: la mezcla lista para caer sobre la plancha, recipientes con sabores y coberturas, utensilios acomodados al centímetro y unas ruedas que convierten un pedazo de calle en una pequeña cocina. 

En un trabajo periodístico hecho por Richy Calderón se documenta precisamente esa escena, en Guadalajara, Jalisco, la señora Paty, una vendedora prepara los hot cakes frente al cliente, vierte la mezcla, espera a que la superficie comience a cocinarse, los voltea y después llega la parte donde cada persona decide cómo terminar la historia: con algo dulce, una cobertura o una combinación propia. 

Pero hay un detalle en ese carrito que obliga a mirar más allá de la cena de esa noche: un letrero presume una tradición que se remonta a 1964. 

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Entonces ¿desde cuándo la comida decidió ponerse ruedas? 

Antes de las food trucks ya estaba la calle 

Hoy decir food truck puede evocar camionetas perfectamente diseñadas, festivales gastronómicos y menús pensados para Instagram. Sin embargo, vender comida en movimiento es muchísimo más antiguo. 

Uno de los antecedentes más conocidos en Estados Unidos ocurrió en 1866, cuando el ganadero Charles Goodnight adaptó un vehículo para transportar provisiones y cocinar durante los largos recorridos de ganado. Aquellos llamados chuckwagons permitían alimentar a trabajadores durante trayectos en los que encontrar una cocina era prácticamente imposible.  

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Pero la Ciudad de México tenía su propia relación con la comida callejera incluso antes. 

Una investigación publicada por Tzintzun. Revista de Estudios Históricos, basada en documentos del Archivo Histórico de la Ciudad de México, señala que desde la segunda mitad del siglo XVIII ya existían puestos fijos, expendios móviles y personas que transportaban comida a pie por calles, plazas y plazuelas de la capital. Muchos de esos negocios estaban vinculados a mujeres y atendían una necesidad que sigue siendo familiar tres siglos después: comer algo rápido, accesible y mientras se continúa con la jornada.  

No existe evidencia para afirmar que los actuales carritos de hot cakes desciendan directamente de aquellos vendedores. Pero sí comparten una lógica profundamente chilanga: si la gente no puede ir hasta la cocina, la cocina encuentra la manera de llegar a la gente. 

Y el hot cake hizo un viaje todavía más largo 

Antes de llegar a una banqueta de la capital del país, esa pequeña circunferencia de harina ya había recorrido varios siglos. 

Preparaciones semejantes a los pancakes aparecen desde la antigüedad. En Grecia existían los tagenites, elaborados con harina de trigo, aceite de oliva, miel y leche cuajada; posteriormente aparecieron distintas versiones en Roma y Europa. Con los siglos, la preparación cruzó fronteras hasta convertirse en uno de los desayunos más reconocibles de América.  

La receta tenía una ventaja decisiva: era sencilla, económica, rápida y podía cocinarse sobre una superficie caliente. Esas características hicieron que históricamente también estuviera relacionada con trabajadores y alimentos preparados al momento.  

México terminó adoptándola a su manera. Aquí el pancake se volvió hot cake y comenzó a acompañarse no solamente con mantequilla y miel, sino con cajeta, mermeladas, chocolate, frutas y prácticamente cualquier ingrediente que permita la imaginación.  

En entrevista con Richy Calderón, la empresa mexicana Tres Estrellas señala que su línea de harinas preparadas para hot cakes nació precisamente durante la década de 1960, primero con versiones tradicionales y ligeras y el comercio documentado lleva en su estructura la referencia “desde 1964”. El video por sí solo no permite comprobar documentalmente toda la historia comercial detrás de esa fecha, pero sí convierte al carrito en una pequeña cápsula del tiempo: mientras alrededor cambian los coches, los negocios y hasta la forma de pedir comida, la plancha sigue encendida. 

Una cocina que cabe sobre cuatro ruedas 

Eso es precisamente lo que vuelve especial a este oficio. El carrito no solamente transporta ingredientes, carga una cocina completa en miniatura. Plancha, recipientes con diferentes acompañamientos, mezcla, utensilios, iluminación y hasta las protecciones necesarias para trabajar en plena calle. 

Y detrás del peculiar transporte se encuentran personas que sin necesitar un cronometro, saber a la perfección cuándo colocar la mezcla, cuándo voltear el hot cake y cuánto necesita cada pieza antes de entregarse. 

Puede parecer una preparación sencilla, pero el oficio está en repetirla una y otra vez mientras llegan clientes, pasan coches, cambia el clima y la banqueta continúa moviéndose alrededor. 

No son una food truck sofisticada ni pretenden serlo. Son parte de otra genealogía: la de la comida que cabe en un carrito, se prepara frente a tus ojos y convierte por unos minutos cualquier esquina en restaurante. 

Porque en la CDMX hay alimentos que pertenecen a una dirección. Y otros, como los hot cakes, que pertenecen simplemente a la calle. 

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