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Desde hace más de un siglo, los organilleros forman parte del paisaje sonoro de la Ciudad de México. Javier Casimiro Dorado pertenece a una familia que ha mantenido vivo este oficio durante tres generaciones.
Facebook: Secretaria de Cultura de la CDMX
Hay sonidos que forman parte de la memoria de una ciudad. El silbato del afilador, el pregón del vendedor de tamales y las melodías de los organilleros son parte de esa banda sonora que acompaña la vida cotidiana de la capital mexicana. Entre el ruido de los automóviles, las conversaciones de los transeúntes y el bullicio de las calles, el organillo continúa contando una historia que comenzó hace más de cien años.
Este instrumento musical llegó a México durante el Porfiriato, a finales del siglo XIX, procedente de Europa, particularmente de Alemania. Su mecanismo funciona mediante un cilindro que contiene las notas musicales y que al girar una manivela, permite reproducir melodías sin necesidad de que el intérprete conozca la lectura musical.
Con el paso del tiempo, los organilleros se convirtieron en personajes entrañables de la capital. Su característico uniforme color caqui, inspirado en la vestimenta militar y las melodías que interpretan forman parte de una tradición que ha sobrevivido a la modernización de la ciudad.
Para Javier Casimiro Dorado, de 30 años, originario de Ermita Zaragoza, en Iztapalapa, el organillo representa mucho más que una manera de ganarse la vida: es una herencia familiar. Hablamos con él bajo un puente al costado del metro Tacubaya, desde donde no sólo regala notas musicales, sino también sonrisas y su historia familiar: “Yo llevo aproximadamente 12 años dedicándome a este oficio. Toda la vida nos hemos dedicado al organillo. De hecho, ya somos tres generaciones, más aparte la que sigue ahorita” –cuenta mientras habla sobre sus sobrinos, quienes representan la continuidad de esta tradición y quienes lo escuchan atentos.
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Aunque comenzó a trabajar formalmente a los 18 años, su relación con el instrumento se remonta a su infancia, cuando observaba a sus tíos recorrer las calles con aquellos enormes aparatos musicales: “Mis tíos llevan años en esto. Realmente es lo que se ha hecho, más que nada tradición, lo que es el oficio de organillero en nuestra familia que ya va por varias generaciones. Nuestro organillo, este que tengo aquí, es de la época de Porfirio Díaz” –explica.
Los organillos tradicionales son verdaderas piezas de ingeniería musical. Algunos de los instrumentos que todavía circulan por la Ciudad de México superan los cien años de antigüedad y requieren mantenimiento especializado para conservar sus mecanismos. A diferencia de otros músicos callejeros, los organilleros no pueden cambiar libremente su repertorio, pues las canciones están determinadas por los cilindros musicales que contiene cada instrumento. Esta particularidad hace que muchas de sus melodías hayan acompañado a distintas generaciones de capitalinos.
Pero mantener viva esta tradición no es sencillo. Además del peso del instrumento, que puede rondar varias decenas de kilos, los trabajadores deben enfrentar largas jornadas bajo el sol, la lluvia y la incertidumbre de depender de las monedas que les entregan los transeúntes.
Para Javier, sin embargo, existe una recompensa que va más allá de lo económico: “La libertad” –responde cuando se le pregunta qué es lo que más disfruta de su oficio. Esa posibilidad de recorrer la ciudad, organizar sus propios horarios y continuar una tradición familiar es parte de lo que lo mantiene vinculado al organillo. El trabajador reconoce que no todas las personas valoran su presencia en las calles. Mientras algunos se detienen para escuchar las melodías y entregar unas monedas, otros consideran que se trata de una actividad que ha perdido vigencia. Sin embargo, también hay quienes reconocen el valor cultural de estos músicos y su importancia para preservar una parte de la identidad capitalina: “Gracias a ellos sigue viva esta tradición” –expresa Javier al referirse a las personas que todavía apoyan a los organilleros.
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El oficio incluso ha encontrado espacios en producciones audiovisuales. Javier recuerda haber participado en una serie de Netflix, una experiencia que demuestra cómo estos personajes continúan despertando interés más allá de las calles. Hoy, mientras la Ciudad de México cambia aceleradamente, los organilleros siguen ocupando plazas, parques y banquetas. Sus melodías sobreviven entre edificios modernos, vendedores ambulantes y miles de personas que caminan apresuradamente.
La tradición, sin embargo, también tiene sus silencios. Durante la entrevista, Javier se dispuso a hacer sonar su organillo para la cámara, pero la melodía apenas se escuchaba. Mientras giraba la manivela, hacía señas a su compañero para que activara desde un teléfono celular la música que debía reproducirse en una bocina. La indicación nunca fue atendida y el viejo instrumento continuó sonando débilmente. Momentos antes, al preguntarle por su funcionamiento, Javier explicó que estos aparatos ya no podían repararse. La escena reveló una de las paradojas de este oficio centenario: mientras los organilleros continúan recorriendo las calles con sus uniformes tradicionales y sus instrumentos a cuestas, la tecnología comienza a sustituir los mecanismos que durante generaciones hicieron posible su música. El hecho muestra la difícil situación por la que atraviesa este oficio y lo cerca que podría estar de extinguirse.
Detrás de ese sonido que se apaga permanece una historia de trabajo, herencia familiar y resistencia que los capitalinos no podemos permitir que se acabe. Porque para Javier, como para muchos trabajadores de los oficios tradicionales, el organillo no representa únicamente un instrumento musical, sino una forma de vida. Para los chilangos, es un sonido que no sólo brinda nostalgia, también identidad.
En el caso de Casimiro Dorado, el futuro del oficio está representado por sus sobrinos. Ellos forman parte de una nueva generación que podría continuar una historia familiar transmitida durante décadas. Cuando se le pregunta qué le diría a la gente que disfruta y agradece este trabajo que llena de notas musicales los rincones de la ciudad, no lo piensa dos veces y dice: “Gracias, gracias de corazón”. Porque mientras exista alguien dispuesto a girar la manivela y otra persona se detenga a escuchar, el organillo seguirá formando parte de la memoria viva de la Ciudad de México.