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La controvertida heroína que podría ser la sorpresa del grito de Sheinbaum
¿“Viva La Güera Rodríguez”? FOTO: AI
Claudia Sheinbaum adelantó el pasado viernes, que este 15 de septiembre incluirá nuevos nombres en su arenga: “Voy a mencionar a nuevos héroes y heroínas que normalmente no se nombran en estos Gritos” –comentó sin revelar de quienes podría tratarse. Una de las grandes posibilidades es María Ignacia Rodríguez de Velasco, mejor conocida como “La Güera Rodríguez”. La probabilidad es alta ya que por una parte es una de las cuatro mujeres que protagoniza el alumbrado patrio instalado este año en el zócalo capitalino, junto con Josefa Ortiz Téllez-Girón, Leona Vicario y Gertrudis Bocanegra. Por la otra, “La Güera” Rodríguez es una de las mujeres más relegadas de la causa independentista por causa de una historia personal que oscila entre la participación política, el desafío a las convenciones de su época y una leyenda que durante dos siglos hizo casi imposible separar a la mujer del personaje.
Su nombre completo era María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio Barba. Nació en la Ciudad de México en 1778, dentro de una familia acomodada de la sociedad novohispana. Era rubia, de ojos claros y pertenecía a la élite criolla. De ahí surgió el apodo que terminaría pasando a la historia antes que su propio nombre: la güera Rodríguez. Y es quizá justo ese apelativo, que redujo su persona a su apariencia física, uno de los problemas que han acompañado su memoria durante más de dos siglos.
María Ignacia vivió en una época en la que las mujeres estaban sometidas a fuertes restricciones jurídicas y sociales, y ella se rebeló contra casi todas. Decir que sus actos fueron poco convencionales para una mujer de su posición, se queda muy corto. Su primer matrimonio fue con José Jerónimo López de Peralta de Villar Villamil. La relación estuvo marcada por el conflicto y llegó a los tribunales después de que ella lo denunciara por haberle disparado con una pistola. Mientras hoy nadie cuestionaría a María Ignacia, a principios del siglo XIX fue señalada socialmente por defenderse públicamente de su esposo. Eventualmente, él fue arrestado y él también fue quien presentó la demanda de divorcio eclesiástico, acusándola de adulterio. Estuvieron separados un año aproximadamente y después se reconciliaron. Estuvieron juntos11 años hasta 1805, cuando José Jerónimo murió.
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Como buena mujer rebelde novohispana, su nombre terminó en el Santo Oficio. En 1811 fue interrogada por la Inquisición en un proceso relacionado con acusaciones de adulterio, herejía y simpatías hacia la causa independentista. Entre los elementos que despertaban sospechas estaba su relación con personajes vinculados al movimiento insurgente y su cercanía con el mismísimo Miguel Hidalgo y Costilla.
María Ignacia no adoptó una actitud sumisa ante quienes la interrogaban. Los relatos sobre el proceso muestran a una mujer capaz de defenderse y confrontar a sus acusadores, algo que contribuyó posteriormente a construir su fama de personaje desafiante y poco dispuesto a obedecer las convenciones sociales.
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Es justo en su colaboración con la causa independentista donde comienza a ser difícil separar la historia de la leyenda. Durante generaciones se ha esparcido la historia de que María Ignacia Rodriguez fue amante de Agustín de Iturbide y que fue ella quien lo convenció de abandonar la causa realista y encabezar el movimiento que culminaría con la Independencia. Cuenta la leyenda que cuando el Ejército Trigarante entró triunfalmente a la Ciudad de México el 27 de septiembre de 182, Iturbide modificó la ruta del desfile para pasar frente a la casa de María Ignacia y rendirle homenaje. Es una linda historia pero tristemente no existe evidencia histórica que la respalde.
La respuesta no es tan sencilla. Existen interpretaciones que sostienen que simpatizó con la Independencia, mantuvo contactos con insurgentes e incluso proporcionó apoyo económico al movimiento. Su comparecencia ante el Santo Oficio demuestra, cuando menos, que sus opiniones y relaciones políticas despertaban sospechas entre las autoridades virreinales.
Las investigaciones más recientes advierten que no existe suficiente documentación para atribuirle el papel determinante en la Independencia que la leyenda le ha concedido. No fue una insurgente en el sentido de Gertrudis Bocanegra ni existe evidencia comparable con la abundante documentación que demuestra el trabajo de Leona Vicario. Pero eso no la vuelve irrelevante, sino más compleja: una mujer de la élite novohispana que vivió en medio de una transformación política extraordinaria, conoció y trató a personajes centrales de su época, desafió algunas de las normas impuestas a las mujeres y terminó convertida en una figura alrededor de la cual México construyó uno de sus grandes mitos históricos, ¿por que? Porque además de todo era una mujer muy bella e inteligente, era rica, pertenecía a la élite, su vida sentimental provocó escándalos, se casó varias veces y su biografía quedó rodeada de historias sobre seducción. A la historia (escrita por hombres) le interesó más contar con quién se acostaba que preguntarse qué pensaba, qué hacía o qué margen de libertad consiguió construir dentro de una sociedad profundamente restrictiva para las mujeres.
Mientras a los hombres de la Independencia se les ha estudiado a partir de sus ideas, batallas y decisiones políticas, buena parte de la literatura sobre La Güera Rodríguez se concentró en su belleza y en sus supuestas conquistas amorosas. A eso se suma que tampoco se le puede
colocar en el mismo nivel de participación insurgente que Josefa Ortiz, Leona Vicario o Gertrudis Bocanegra.
Pero quizá por eso su recuperación histórica exige algo más interesante que simplemente convertirla en otra estatua. Hay que aceptar sus contradicciones. Porque lo que es innegable es que María Ignacia Rodríguez fue una mujer excepcional dentro de las posibilidades de su época y para eso se necesitó la misma valentía que para enfrentar la más cruenta batalla por la Independencia de México.
Dos siglos después, su rostro ilumina por primera vez las fiestas patrias del zócalo capitalino junto al de tres mujeres cuya participación en la Independencia está mucho mejor documentada. Y puede ser que sea como mera representación de algo todavía más simbólico: el que la primera mujer que ocupa la presidencia de México pronuncie por primera vez su nombre de mujer rebelde, valiente e independiente. ¡Viva La Güera Rodríguez!