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De acuerdo al reporte gubernamental, todo salió muy bien el día de ayer durante el simulacro nacional, con excepción de dos emergencias reales. ¿Coincidencia o consecuencia?
Foto: Comunicación Social Senado de la República
Todos los capitalinos sabemos que la alerta sísmica y el simulacro nacional que se celebra cada 19 de septiembre es una prevención importante para salvar vidas. Aún así, todos lo aborrecemos. Todos sabemos que no está pasando nada en realidad y sin embargo, el corazón se acelera, sudan las manos y nos duele el estómago de tan sólo escuchar a toda la zona metropolitana del valle de México retumbando al sonido de la alerta sísmica.
El día de ayer casi 7.9 millones de personas participaron en el Segundo Simulacro Nacional en la CDMX. El gobierno de la Ciudad de México reportó la participación de 7 millones 889 mil 435 personas y un tiempo promedio de evacuación de un minuto con 43 segundos. El Comité de Emergencia quedó instalado 10 minutos después de la activación de la alerta y funcionó el 98.93% de los 27 mil 984 altavoces instalados en 14 mil 156 puntos de la capital. En la plataforma del ejercicio fueron registrados 29 mil 907 inmuebles, entre ellos 17 mil 967 establecimientos, 11 universidades, 90 embajadas y 340 mercados públicos. Para poner a prueba la capacidad de respuesta de la ciudad se movilizaron además 17 mil elementos de Seguridad Ciudadana, mil 610 vehículos, 72 motocicletas, 80 grupos especializados de búsqueda y rescate urbano, cinco helicópteros y dos drones. También participaron 560 Directores Responsables de Obra y 114 corresponsables en seguridad estructural para iniciar revisiones de inmuebles.
Pero el ejercicio dejó también dos emergencias reales. La secretaria de Salud Pública de la Ciudad de México, Nadine Gasman Zylbermann, informó que una persona de alrededor de 80 años presentó una aparente cardiopatía y tuvo que ser trasladada a un hospital privado. Otra persona resultó lesionada al caer mientras descendía por unas escaleras y recibió atención médica. Aunque no existe evidencia de que la alerta sísmica haya provocado directamente estos casos, la ciencia sí ha documentado que los terremotos pueden generar respuestas intensas de estrés, aumentar temporalmente el riesgo cardiovascular y dejar secuelas psicológicas en parte de la población.
No existen elementos para afirmar que el sonido de la alerta provocó el problema cardíaco o la caída, pero no podemos evitar que lo sucedido nos haga preguntarnos: ¿será que la alerta sísmica revive el trauma de una ciudad marcada por dos terremotos devastadores ocurridos exactamente el mismo día? ¿Será que los chilangos sufrimos de estrés post traumático?
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¿Qué pasa en nuestro cuerpo cuando escuchamos la alerta sísmica?
Los terremotos vividos el 19 de septiembre de 1985, 2017 y 2022 sí dejaron una huella psicológica medible en la población. Con todo, decir que “todos los capitalinos tenemos estrés postraumático” es incorrecto. Sin embargo, existe evidencia científica de que los terremotos de 2017 provocaron síntomas importantes de estrés postraumático en una parte de la población.
Un estudio realizado con la participación de investigadores del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) evaluó a 44 mil 855 habitantes de la Ciudad de México, Estado de México, Puebla y Morelos, entre uno y dos meses después del terremoto del 19 de septiembre de 2017, encontró que el 11.9% de la muestra efectivamente padecía de Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) grave. El Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz encontró además un incremento significativo en las consultas por ‘reacciones a estrés grave y trastornos de adaptación’ tras lo vivido en septiembre de 2017. Los investigadores advirtieron que los desastres repetidos pueden incrementar este tipo de consultas de emergencia.
Una fecha y un sonido ligados a la tragedia
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Es obvio que después de que en la misma fecha hayan sucedido dos terremotos devastadores y un sismo fuerte en 2022, haya dejado en muchos un impacto psicológico. Sin embargo, mientras eso no significa que la alerta sísmica provoque por sí misma un trastorno psicológico, si puede funcionar como recordatorio del trauma y generar reacciones físicas y emocionales intensas en quienes vivieron directamente una experiencia traumática.
La respuesta del organismo ante una amenaza es automática: se activa el sistema nervioso simpático, aumenta la liberación de hormonas relacionadas con el estrés, se acelera el corazón y puede elevarse la presión arterial. Es el cuerpo preparándose para responder al peligro.
El problema no está en la alerta en sí misma, sino en lo que nos recuerda. Hasta ahora, la evidencia científica muestra que una parte de la población expuesta a los terremotos de 2017 desarrolló síntomas importantes de estrés postraumático y que la alerta sobre un posible sismo puede producir respuestas fisiológicas capaces de afectar temporalmente al sistema cardiovascular, aunque no al grado de producir un infarto.
Científicamente no se puede afirmar que todos los habitantes de la Zona Metropolitana del Valle de México padezcamos de un “trauma colectivo” clínicamente diagnosticable ni que escuchar la alerta sísmica sea suficiente para provocar un infarto. Pero empíricamente, para muchos el sonido no es solamente una señal de emergencia, si no un disparador que la memoria inevitablemente asocia con eventos que la ciudad difícilmente puede olvidar.