Te puede interesar:
“Y llegaste tú…» Banda el Recodo llega a la gran final de &...
Cultura
Pocas veces se habla de ellas desde el mismo lugar desde el que se habla de cualquier otro oficio: como personas que trabajan, generan ingresos, mantienen familias y reclaman derechos.
Entre luces, banquetas y prejuicios. El trabajo sexual en CDMX uno de los mas antiguos FOTO: Desinformacion
Se les encuentra en las avenidas que millones de capitalinos recorren todos los días. Durante décadas han formado parte del paisaje de Calzada de Tlalpan, Sullivan, La Merced, Insurgentes o la Zona Rosa, pero pocas veces se habla de ellas desde el mismo lugar desde el que se habla de cualquier otro oficio: como personas que trabajan, generan ingresos, mantienen familias y reclaman derechos.
El trabajo sexual probablemente sea uno de los oficios más visibles y, paradójicamente, uno de los más invisibilizados entre la sociedad. Porque detrás de la palabra “prostitución”, históricamente cargada de prejuicios, existen mujeres cisgénero, mujeres trans, hombres y otras personas adultas que intercambian voluntariamente servicios sexuales o eróticos a cambio de una remuneración. Para el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED), esa autonomía es justamente la frontera indispensable para diferenciar el trabajo sexual de la trata de personas y de la explotación sexual, que constituyen delitos y violaciones de derechos humanos.
La aclaración no es menor. Hablar del trabajo sexual como oficio no significa normalizar la explotación ni ignorar la existencia de redes de trata. Significa reconocer que no todas las personas que venden servicios sexuales son víctimas de trata y que quienes deciden ejercerlos voluntariamente también tienen derecho a seguridad, salud, justicia y protección frente a la violencia. Y esa discusión es mucho más antigua de lo que parece.
Te puede interesar:
“Y llegaste tú…» Banda el Recodo llega a la gran final de &...
La prostitución ha acompañado a las sociedades durante siglos, aunque la manera de enfrentarla ha cambiado radicalmente. Durante el Renacimiento europeo, entre los siglos XIV y XVI, las ciudades llegaron a regular la actividad de manera sorprendentemente estricta. Existían zonas destinadas para ella, burdeles sometidos a controles municipales, licencias e inspecciones sanitarias. Incluso en un periodo profundamente marcado por la moral religiosa, fue tolerada como un llamado “mal menor”. National Geographic resume aquella contradicción: ‘era condenada moralmente, pero al mismo tiempo aceptada y regulada por razones de orden público y sanidad.’
Una investigación publicada por la revista académica Andamios, de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), recupera antecedentes desde el México prehispánico, donde existían mujeres conocidas como “alegradoras”. Con la Nueva España apareció posteriormente una concepción distinta: la prostitución comenzó a ser vista como un “mal necesario” y el Estado intervino mediante las denominadas casas públicas o de mancebía.
Cambian los siglos, las ciudades y hasta las palabras, pero una constante permanece: la sociedad ha intentado controlar la actividad mucho antes de preocuparse por los derechos de quienes la ejercen.
Te puede interesar:
Barrio Chino de la CDMX: la historia detrás de sus faroles, drag...
Hablar de trabajo sexual en la Ciudad de México inevitablemente lleva a ciertos nombres. Un diagnóstico de COPRED documentó presencia de personas trabajadoras sexuales en las 16 alcaldías, aunque identificó históricamente una mayor concentración en zonas de Cuauhtémoc, Azcapotzalco, Gustavo A. Madero, Benito Juárez e Iztapalapa. Entre los corredores señalados aparecen Calzada de Tlalpan y San Antonio Abad; La Merced; Sullivan; Zona Rosa e Insurgentes; Avenida Cuitláhuac y el corredor Vallejo; Ejército Nacional y Marina Nacional; Eduardo Molina; Avenida Tláhuac; Ermita Iztapalapa, Santa Cruz Meyehualco y Calzada Ignacio Zaragoza, entre otros.
No significa que esas zonas tengan hoy exactamente la misma concentración que cuando se levantó la información. El trabajo sexual es móvil y también se ha trasladado a hoteles, establecimientos y plataformas digitales. Pero lugares como Tlalpan, Sullivan y La Merced siguen formando parte del imaginario (y de la realidad) del trabajo sexual capitalino.
La construcción de la ciclovía sobre esta avenida volvió a colocar el tema en la discusión pública. Durante 2025 el Gobierno de la Ciudad de México sostuvo mesas con trabajadoras sexuales que denunciaban afectaciones a sus espacios de trabajo, e incluso planteó incorporar 58 puntos de inclusión a lo largo del proyecto. El conflicto no terminó allí. En mayo de 2026, trabajadoras sexuales y organizaciones marcharon nuevamente para denunciar desplazamientos derivados de las obras y exigir reconocimiento de sus derechos laborales.
De acuerdo con COPRED, ejercer voluntariamente el trabajo sexual siendo una persona adulta no es actualmente un delito ni una falta administrativa en la Ciudad de México. Sin embargo, eso no significa que exista ya un sistema integral que reconozca a todas las personas que lo realizan como trabajadoras con las mismas garantías laborales de otros sectores. Una parte fundamental de esa batalla ocurrió en 2014. A través del amparo 112/2013, una jueza federal determinó que no existía razón legal para negar a las personas que promovieron el juicio las credenciales de trabajadoras y trabajadores no asalariados. La sentencia ordenó a la autoridad correspondiente emitirlas y reconoció que se trataba de un oficio. Fue un precedente histórico, pero no resolvió todo.
Más de una década después, COPRED continúa pidiendo que el trabajo sexual sea reconocido legalmente como actividad laboral de manera más amplia, de modo que quienes lo ejercen puedan reclamar derechos relacionados con seguridad social, servicios de salud, asociación, libertad para desarrollar su actividad y acceso a alternativas laborales para quien decida abandonarla. Pero por alguna razón desconocida, el trabajo sexual sigue sin contar con las protecciones que se asocian a los trabajos formales, pese a no estar prohibido.
Los datos ayudan a romper otro estereotipo: detrás de la actividad existe, con frecuencia, una necesidad económica como en cualquier otro oficio. Una encuesta de COPRED realizada en 2020 encontró que 65.9% de las personas participantes señaló al trabajo sexual como su principal fuente de ingreso; 34.1% respondió que lo ejercía por necesidad y 26% mencionó la flexibilidad de horarios entre las razones para realizarlo. En aquella muestra, además, 94.2% de las personas consultadas ejercía principalmente en la calle. Es importante subrayarlo: esa cifra describe a quienes participaron en aquella encuesta, no necesariamente a todo el universo actual de personas trabajadoras sexuales de la capital.
Por años, colectivos, organizaciones y activistas han luchado por visibilizar y defender los derechos humanos de quienes ejercen el trabajo sexual, particularmente ante los distintos tipos de violencia que enfrentan. Las agresiones pueden provenir de clientes, personas que transitan por sus lugares de trabajo, vecinos e incluso autoridades, además de episodios de discriminación relacionados con su origen étnico, identidad o expresión de género, orientación sexual u otras condiciones personales. Estas experiencias de violencia, estigmatización y abuso de autoridad han impulsado la organización de trabajadoras sexuales y de colectivos que exigen condiciones más seguras, acceso efectivo a la justicia, servicios de salud y reconocimiento de sus derechos laborales, sin criminalizar ni discriminar a quienes deciden ejercer esta actividad.
A pesar de todo el camino recorrido, el problema continúa. COPRED informó en 2025 que 64.1% de las personas participantes en su segunda encuesta había experimentado algún tipo de violencia o discriminación mientras ejercía el trabajo sexual en la vía pública. Y en el caso de las mujeres trans, la vulnerabilidad puede ser todavía mayor. Datos de esa segunda encuesta citados por La Jornada ubicaron en 76.9% la proporción que reportó violencia o discriminación.
Hay otra cara de esta historia que generalmente permanece fuera del encuadre: el cliente. Cuando una trabajadora sexual ocupa una esquina puede ser observada, señalada, juzgada o estigmatizada. Quien paga por el servicio, en cambio, suele desaparecer de la conversación, aun cuando en la mayoría de los casos, es quien perpetra la mayor violencia contra estas mujeres.
La investigación de Almanza Avendaño y Gómez San Luis publicada en Andamios advierte precisamente sobre esa invisibilidad. Después de revisar estudios sobre clientes en México y otros contextos, los autores señalan que no existe un perfil único: pueden provenir de diferentes edades, estratos económicos, ocupaciones, niveles educativos o estados civiles. Las motivaciones también son diversas: desde la búsqueda de relaciones sexuales hasta compañía, intimidad, evitar compromisos afectivos o determinadas concepciones de masculinidad. El punto resulta incómodo, pero necesario: durante mucho tiempo el estigma social se ha enfocado principalmente en quien ofrece el servicio, mientras que nadie señala a quien genera la demanda.
Y aquí es indispensable volver al límite con el que comenzó esta historia. Hablar de derechos de las personas trabajadoras sexuales no puede utilizarse para encubrir explotación. Si una persona es obligada, amenazada, retenida o explotada, forzada por otra para obtener beneficios económicos, deja de hablarse de una relación autónoma de trabajo sexual y entramos en el terreno de la trata de personas y la explotación sexual.
Precisamente por ello COPRED insiste en separar ambos fenómenos. Confundirlos puede tener un efecto contrario al deseado: tratar automáticamente como víctimas a personas adultas que han decidido ejercer este oficio puede negarles autonomía; ignorar señales de coerción, por el otro extremo, puede dejar desprotegidas a auténticas víctimas.
La Ciudad de México ha aprendido a convivir con el trabajo sexual en sus avenidas y hasta en algunos de los corredores urbanos más reconocibles de la capital, durante generaciones. Ha sobrevivido a prohibiciones, reglamentos, operativos, transformaciones urbanas, cambios tecnológicos y décadas de estigma. Pero la pregunta pendiente ya no debería ser únicamente si el trabajo sexual existe. Eso está claramente fuera de discusión. La pregunta es qué condiciones debe garantizar una ciudad que se presenta como progresista, para que una persona adulta que decide ejercer el trabajo sexual pueda hacerlo sin violencia, extorsión, discriminación o persecución y al mismo tiempo, tenga alternativas reales si decide dejarlo.
Porque detrás de Sullivan, Tlalpan o La Merced no hay solamente un mapa de prostitución. Hay personas, hay ingresos, hay familias, hay riesgos y hay un oficio que la Ciudad de México observa todos los días desde hace siglos, pero cuyos derechos todavía no termina de mirar de frente.