Te despierta con cláxones, te traga en el Metro, te roba horas en el tráfico y te obliga a aprender a caminar con los ojos abiertos y la paciencia entrenada. Aquí, millones de personas se cruzan todos los días sin mirarse, mientras vendedores, oficinistas, estudiantes, turistas, ambulancias, motocicletas, ciclistas y ahora scooters compiten por el mismo pedazo de ciudad.
Es una ciudad que cansa. Que contamina. Que se hunde. Que tiembla. Una ciudad que expulsa a quienes no logran vibrar con ella y que, al mismo tiempo, continúa seduciendo a quienes llegan buscando una oportunidad.
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Porque con la Ciudad de México difícilmente existen los términos medios: o la amas o la odias; o te abraza o terminas huyendo de ella. Pero ahí comienza la contradicción.
Debajo del concreto, del ruido y del caos existe una ciudad construida sobre siglos de historia. Una ciudad que alguna vez fue Tenochtitlan y que hoy es una de las grandes metrópolis del mundo. Una ciudad de mercados y museos, de barrios y rascacielos, de comida, arte, música y millones de historias que difícilmente cabrían en una sola vida.
Y quizá ese sea su mayor secreto: la Ciudad de México puede ser brutal, pero también profundamente liberadora. Porque en una ciudad de millones de habitantes, nadie tiene por qué saber quién eres. Y, a veces, para comenzar de nuevo, eso es exactamente lo que necesitas.
Si me escucharan hablar, descubrirían en cuestión de segundos que soy norteña. Nací en Chihuahua, pero soy coahuilense. Vengo de una tierra hermosa, segura y con un carácter tan fuerte como su desierto; una tierra de gigantes de la que, prometo, ya tendremos oportunidad de hablar.
Pero hoy, igual que millones de personas que alguna vez llegaron desde algún otro lugar, soy capitalina. Porque uno no siempre pertenece al lugar donde nace, a veces pertenece al lugar donde decidió quedarse. Al lugar donde aprendió a vivir y sobre todo, al lugar donde pudo convertirse en quien quería ser. Uno también es de donde ama y yo amo esta tierra mexica con el alma.
Y hablando de mexicas, hay que recordar que, alrededor de 1325, sobre este mismo suelo comenzó a levantarse Tenochtitlan: una ciudad que ya era un extraordinario centro político, económico y comercial mucho antes de la llegada de los europeos.
Después llegaron ellos —sí, esos que hablan chistoso y hacen pésimos chistes— y la historia cambió para siempre. Pero algo sobrevivió.
Porque, si uno observa bien, quizá seguimos teniendo mucho de aquellos mexicas: aprendimos a organizarnos en medio del caos, a construir sobre lo imposible, a levantarnos después de las tragedias y a convertir una geografía improbable en una de las ciudades más fascinantes del planeta.
Tenochtitlan levantó templos sobre un lago, nosotros levantamos rascacielos sobre una ciudad que se hunde. Algo de aquella obstinación debe correr todavía por nuestras venas.
Hoy, la Ciudad de México tiene más de nueve millones de habitantes dentro de sus límites administrativos, pero todos sabemos que la ciudad real no termina donde acaba un mapa. La Zona Metropolitana del Valle de México supera los veinte millones de personas y esten o no de acuerdo, para su servidora todo eso es parte de esta ciudad.
Millones de vidas respirando, trabajando, enamorándose, sobreviviendo y soñando prácticamente unas encima de otras. Y, sin embargo, hablar de la Ciudad de México como si fuera una sola ciudad sería mentir. Porque aquí conviven muchas ciudades.
Está la ciudad de los grandes corporativos y la de los mercados sobre ruedas. La de Polanco y la de Iztapalapa. La de los restaurantes donde una cena puede costar un salario y la de los puestos donde un taco salva una dura jornada. La de los museos, los conciertos y las universidades, pero también la de quienes pasan cuatro horas diarias trasladándose para llegar a trabajar.
Está la ciudad privilegiada y la ciudad olvidada. La ciudad que presume modernidad y la que todavía reclama servicios básicos. Pero ambas tienen el mismo código postal emocional: Ciudad de México.
Ahí está quizá uno de nuestros mayores retos. No basta con presumir una de las capitales culturales más importantes del mundo si las oportunidades que ofrece dependen todavía demasiado de la alcaldía en que te tocó nacer. Porque una gran ciudad no debería medirse solamente por la altura de sus edificios, el número de museos que alberga o los millones de personas que la visitan. Por el contrario debería medirse por la distancia que existe entre quienes más tienen y quienes siguen esperando.
Y aun con todas sus contradicciones, esta ciudad posee algo difícil de explicar a quien nunca ha vivido en ella: te permite desaparecer para encontrarte. Aquí puedes llegar sin historia, puedes cambiar de profesión, de amigos, de barrio, de manera de vestir, de forma de pensar. Puedes reconstruirte sin que todo el pueblo pregunte qué pasó, con quién saliste, por qué regresaste tarde o qué van a decir de ti.
Quizá por eso tantos llegamos y terminamos quedándonos. No porque sea fácil, esta ciudad te exige carácter. Te enseña a caminar rápido, a desconfiar un poco, a resolver mucho y a entender que detrás de cada puerta puede existir un mundo completamente distinto al tuyo.
Pero también te enseña algo extraordinario: que hay muchas maneras de vivir una vida. Por eso la amo. No porque sea perfecta, la amo porque no pretende serlo.
La amamos con sus cicatrices, sus contradicciones, sus edificios inclinados, sus eternas obras, sus jacarandas, sus marchas, sus tacos, sus museos, sus lluvias capaces de paralizar avenidas enteras y esa absurda costumbre que “tenemos los capitalinos” de decir que llegaremos “en quince minutos”.
La amo porque me permitió llegar siendo norteña y, sin pedirme que dejara de serlo, me hizo capitalina. Es esa la verdadera grandeza de esta ciudad, Ciudad de México no te pregunta de dónde vienes, te abre un pequeño espacio entre otros millones de personas y parece decirte:
“A ver… ¿quién quieres ser ahora?”
Y entonces comprendes que aquella ciudad que un día te embistió, sin que te dieras cuenta, terminó abrazándote.