Donald Trump parece haber encontrado su nueva debilidad diplomática, la voz de Claudia Sheinbaum. Ni los aranceles, ni el T-MEC, ni la seguridad fronteriza parecen despertar tanta inspiración en el mandatario estadounidense como las cuerdas vocales de la presidenta de México. O al menos eso evidenció este miércoles 14 de octubre, durante un mitin en Arizona, donde el republicano volvió a declarar públicamente que Sheinbaum tiene “la voz más hermosa”, además de describirla como una mujer elegante. ¡Qué romántico, Trump! A este paso, alguien tendrá que explicarle que cuando llama a Palacio Nacional está contactando a una jefa de Estado, no buscando pareja en televisión abierta, en uno de esos programas donde se comercializa hasta el amor y que ciertos empresarios convierten en entretenimiento para que el público se distraiga de asuntos bastante menos románticos.
Y vaya que ha tenido oportunidades de escucharla; hasta el pasado 18 de septiembre, la propia mandataria había confirmado 22 conversaciones telefónicas con Trump, mientras que sus encuentros presenciales se reducen a dos: el sorteo del Mundial, en diciembre de 2025, y la final del torneo, en julio de 2026. Pero eso sí, debo hacer una aclaración, las llamadas han sido parte de la relación diplomática y de las negociaciones entre ambos países, no de un romance internacional. Aunque escuchando los discursos del magnate, cualquiera diría que después de discutir aranceles cuelga el teléfono y piensa en su timbre de voz y ese peinado tan característico de nuestra jefa de Estado mientras suspira profundamente.
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Pero Trump, que de ingenuo no tiene precisamente mucho, sabe perfectamente que sus palabras pueden generar incomodidad. Durante el mismo discurso reconoció que sus elogios podrían resultar ofensivos y hasta bromeó con que, en los tiempos actuales, una expresión semejante podría acabar con una carrera política. ¡Pero qué considerado nos salió! Primero convierte a su homóloga en objeto de admiración pública y después se presenta como posible víctima de quienes podrían malinterpretarlo. El viejo truco de lanzar el comentario, sonreír y, por si alguien se molesta, culpar a la susceptibilidad ajena. Porque, claro, el problema jamás es lo que dice Donald Trump; el problema siempre parece ser que los demás tenemos la mala costumbre de escucharlo.
¿En dónde termina un elogio y comienza esa insistencia incómoda que muchas mujeres conocen demasiado bien?
Sería irresponsable afirmar que Trump está acosando a Sheinbaum, pues no existen elementos para sostener semejante acusación y las conversaciones oficiales no constituyen una prueba de hostigamiento. Sin embargo, eso no impide cuestionar la insistencia pública de un hombre poderoso en destacar los atributos personales de una mujer que ocupa un cargo equivalente al suyo. ¿O será que le dedica las mismas palabras a Mark Carney pero a escondidas?
El punto no es prohibir los cumplidos, las expresiones de respeto o admiración, sino cuestionar por qué, incluso en los niveles más altos del poder, una mujer tiene que seguir recibiendo comentarios sobre sus cualidades personales cuando está ejerciendo sus responsabilidades profesionales.
Pero en todo esto, hay algo verdaderamente irónico; Donald Trump asegura estar fascinado con la voz de Claudia Sheinbaum, aunque parece que escucharla no es lo suyo. En el mismo mitin aprovechó para presumir su intervención en el cambio de denominación del Golfo de México a Golfo de América en los mapas utilizados en Estados Unidos. El hombre que no se cansa de elogiar a la presidenta mexicana disfruta contar cómo impuso su propia versión de un nombre geográfico. ¡Vaya forma de demostrar admiración! Al parecer, al presidente le gusta escucharla, siempre y cuando sea él quien tenga la última palabra.
Claudia Sheinbaum no necesita que Donald Trump la descubra como una mujer elegante, ni que convierta su voz en tema recurrente de entretenimiento para sus seguidores. Es presidenta de México, no concursante de un certamen de locución. Sus argumentos, sus decisiones y la defensa de los intereses mexicanos deberían importar bastante más que la dulzura con la que pronuncia una frase. Pero mientras Trump siga repartiendo piropos desde sus mítines, habrá que recordarle que el respeto entre mandatarios no se mide por la cantidad de cumplidos, sino por la disposición a escuchar y reconocer al otro como un interlocutor de igual rango.
Después de 22 llamadas y dos encuentros presenciales, Donald Trump ya dejó muy claro que le encanta la voz de nuestra presidenta, ahora solo falta que aprenda a escuchar lo que ella dice.