Conocí a Ociel cuando éramos estudiantes de Derecho en Saltillo, una ciudad que entonces me parecía pequeña, tradicionalista y llena de prejuicios. Mucho antes de convertirse en una figura pública, ya tenía esa capacidad de acercarse a los demás y sacudirles un poco el mundo. A mí me pasó.
En la Facultad de Jurisprudencia yo era la alumna que siempre llevaba la tarea y sacaba cien; de esas que caen mal precisamente por eso. Me costaba encontrar mi lugar: no era saltillense, no me interesaba la grilla universitaria y tampoco me sentía identificada con el ambiente de la escuela. Durante el primer año me concentré en estudiar y me aislé. Mi vida social estaba en otra parte.
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Hasta que un día llegó Ociel Baena Saucedo y me dijo:
—“En este salón hay dos grandes grupos: todo el salón y tú”.
Me reí y le pregunté qué quería de mi parte del grupo; es decir, de mí. Primero quiso que compartiera mis apuntes. Después, que conviviera, que me involucrara, que dejara de mirar la vida universitaria desde lejos. Así, aquel compañere se convirtió en mi amigue y terminó siendo una influencia importante en la mujer que soy hoy.
Mis planes estaban puestos en el arbitraje comercial internacional. La política no figuraba en el futuro que yo imaginaba. Pero Ociel me contagió su deseo de cambiar las cosas, su entusiasmo por participar y la empatía que sentía por los demás. Él terminó como presidente de la sociedad de alumnos y yo como consejera directiva.
Todavía me sorprende pensarlo: logró que aquella “pueblerina fresa”, como yo misma me describiría, se integrara, hiciera campaña y fuera electa para representar a otros estudiantes. Me ayudó a descubrir una pasión que acabaría marcando mi vida: la política.
Y hay algo que hoy me pesa: nunca le dije cuánto había significado para mí. Nunca le expliqué que, en aquella etapa, su amistad me ayudó a encontrar un camino que yo todavía no sabía que quería recorrer.
Por eso escribo desde el corazón. No pertenezco a la comunidad LGBT+, pero Ociel dejó una huella profunda en mi vida. Su capacidad de transformar a quienes tenía cerca iba más allá de cualquier identidad. A veces me pregunto si alcanzamos a dimensionar todo lo que enfrentó y cuánto logró abrir para quienes vendrían después.
Ociel vivió el rechazo y los prejuicios por ser diferente. Pero tuvo la valentía de transformar las llamas de aquel infierno que amenazaba con consumirlo en luz para otras personas. Su fuerza acompañó a una comunidad que, a lo largo de la historia, ha resistido y que, incluso frente al insulto, encuentra razones para seguir brillando.
Hizo de esa experiencia una lucha para que otras personas pudieran vivir con mayor libertad, sin esconderse ni avergonzarse de quienes son. Su presencia en un tribunal, con toga, maquillaje y tacones, desafió los prejuicios sobre quién puede impartir justicia y cómo debe verse alguien que ocupa un cargo público. Con cada paso defendía también el derecho de quienes vendrían después a ocupar esos espacios sin renunciar a su identidad.
Detrás de esa imagen había preparación, trabajo y una convicción: nadie tendría que esconder su identidad para ejercer su profesión, servir a la sociedad o recibir un trato digno.
El próximo 13 de noviembre se cumplirán tres años de su muerte. Su ausencia sigue doliendo. Duele por lo que representó públicamente, por lo que todavía podía hacer y por todas las conversaciones que quedaron pendientes.
Yo conservo el recuerdo de aquel compañere que se acercó a una joven aislada y le hizo un lugar. Antes de abrir puertas en las instituciones, Ociel ya las abría en la vida de quienes lo conocíamos.
Hoy quisiera poder decirle lo que entonces no supe expresar: gracias por acercarte, por insistir y por ayudarme a descubrir mi camino.
Hay amistades cuya huella entendemos plenamente con el paso de los años. La tuya, queride Ociel, sigue acompañándome.