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OPINIÓN

Nuestros gobernantes, nuestro espejo

El voto ciudadano también refleja los valores, prioridades y expectativas de una sociedad. Este análisis plantea qué factores influyen al elegir gobernantes y la responsabilidad de los ciudadanos al decidir quién ocupa el poder.

Miércoles, 30 de Septiembre de 2026

Somos extraordinariamente buenos para criticar a nuestros gobernantes.

Nos quejamos de la presidenta, del gobernador, del alcalde, de los diputados. Cuestionamos sus decisiones, su preparación, sus excesos, sus ocurrencias y hasta su manera de hablar.

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Muchas veces tenemos razones para hacerlo, pero existe una pregunta bastante más incómoda que pocas veces queremos formularnos: ¿Quién los puso ahí?

Podemos hablar de campañas millonarias, propaganda, estructuras partidistas, clientelismo, medios de comunicación, redes sociales y estrategias diseñadas para influir en el electorado.

Muchas veces tenemos razones para hacerlo, pero existe una pregunta bastante más incómoda que pocas veces queremos formularnos: ¿quién los puso ahí?

Y quizá antes de preguntarnos permanentemente por qué tenemos determinados gobernantes deberíamos preguntarnos cómo estamos eligiendo a quienes nos gobiernan.

Los gobiernos también reflejan a sus sociedades

Cada elección cuenta algo sobre la sociedad que vota.

No significa que todos los habitantes de un estado piensen igual, ni que podamos reducir millones de votos a una sola motivación. Pero las elecciones sí pueden revelar qué atributos, mensajes, identidades o proyectos lograron conectar con una parte suficiente del electorado.

Hablemos de diferentes estados, diferentes partidos y diferentes espejos:

Nuevo León eligió a Samuel García en 2021. Durante su trayectoria pública, Samuel protagonizó aquella conocida polémica en la que habló del esfuerzo que, desde su perspectiva, implicaba que su padre lo llevara al golf y le pagara; o bien, cuando habló de “suelditos” de cincuenta mil pesos. Fue ampliamente criticado porque, para muchos, evidenciaba una enorme distancia respecto de la realidad laboral de millones de mexicanos.

Pero Samuel ganó.

Y en lugar de quedarnos únicamente con la crítica al personaje, quizá deberíamos preguntarnos qué encontró una parte importante de los neoleoneses en aquella candidatura: juventud, ruptura con los partidos tradicionales, comunicación digital, una cultura aspiracional, empresarialidad o una manera particular de entender el éxito. Creo que en Nuevo León encontraron en el mandatario su reflejo o, por lo menos, lo que la mayoría quisiera ver en ese espejo.

Eso también dice algo de una elección.

En Coahuila ocurrió algo distinto.

Manolo Jiménez llegó a la gubernatura después de haber sido regidor, diputado local, alcalde de Saltillo y secretario estatal. Es ingeniero, tiene estudios de administración pública, es esposo y padre de cuatro hijos, y ha mostrado siempre los valores familiares como prioridad.

Pero más allá de su currículum, su comunicación política ha buscado proyectar elementos reconocibles para una sociedad como la coahuilense: familia, trabajo, territorio, seguridad y cercanía.

Quizá una parte de los coahuilenses vio en él a alguien que se parece a la manera en que ellos mismos quieren verse: alguien que viste sin demasiada distancia respecto de su comunidad, habla su lenguaje y coloca a la familia y al trabajo entre sus referencias públicas.

En Puebla, los ciudadanos eligieron en 2024 a Alejandro Armenta, un político con más de tres décadas de trayectoria en el servicio público. A lo largo de los años, Alejandro ha construido una imagen alejada del político de escritorio y vinculada, en cambio, con la cercanía territorial. Lo hemos visto cortando hierba, sembrando árboles, recorriendo comunidades durante las inundaciones y participando en actividades cotidianas que buscan colocarlo no por encima de la gente, sino entre ella.

Podríamos interpretar aquella decisión electoral como una elección en la que pesaron la experiencia, el conocimiento de la política local y, particularmente, la identificación. Una parte de los poblanos encontró en él a alguien que reconocía como propio: un político con raíces en el estado, conocedor de sus municipios y de sus dinámicas, y con una forma de presentarse públicamente mucho más cercana a la comunidad que a la solemnidad del poder. Quizá ahí radique una parte importante de lo que elegimos cuando votamos: no solamente propuestas o partidos, sino también personas en las que, de alguna manera, creemos reconocernos.

Yucatán merece otro ejemplo.

Vayamos más atrás en el tiempo. En 2018, Mauricio Vila, después de haber sido alcalde de Mérida, logró la gubernatura de este hermoso estado como candidato del PAN y MC.

Mauricio no construyó su campaña bajo la bandera de la derecha ni hizo de las siglas del PAN el centro de su discurso. Su apuesta fue conectar con los valores de los yucatecos: la identidad local, la familia, la tranquilidad y el orgullo por su tierra. No planteó romper con todo lo anterior; por el contrario, ofreció conservar aquello que funcionaba —particularmente la seguridad— y mejorar lo que todavía hacía falta. Su mensaje fue sencillo: cuidar lo propio y, al mismo tiempo, modernizar Yucatán. Quizá ahí estuvo una de las claves de aquella elección: más que pedirle al ciudadano que se identificara con una ideología, buscó que se reconociera en una forma de entender y vivir su estado.

Y en una elección más reciente e histórica:

Claudia Sheinbaum llegó a aquella elección con una trayectoria académica poco habitual en la política mexicana: licenciatura en Física, maestría y doctorado en áreas vinculadas con ingeniería y energía, investigación universitaria y, posteriormente, experiencia en responsabilidades de gobierno. 

Una mujer inteligente, prudente, con cabeza fría y estrategia que se ganó la confianza de los mexicanos.

Millones de mexicanos encontraron razones para entregarle su voto. Entre ellas pudieron pesar la continuidad política, la identificación partidista, sus propuestas, su trayectoria pública o atributos personales percibidos por los electores.

No todos votaron por las mismas razones.

Y ése es precisamente el punto. Cada sociedad termina expresando algo de sí misma cuando elige.

¿Qué premiamos con nuestro voto?

Esto nos lleva a una pregunta más importante que los nombres anteriores.

¿Qué estamos premiando cuando votamos?

¿Preparación?

¿Experiencia?

¿Cercanía?

¿Popularidad?

¿Una historia que se parece a la nuestra?

¿O simplemente a la persona que vimos más veces en TikTok?

Porque los partidos políticos observan perfectamente el comportamiento de los electores. Si descubren que millones de seguidores pueden transformarse en votos, buscarán influencers.

Si una celebridad produce más votos que un especialista en administración pública, buscarán celebridades. Si la fama resulta electoralmente más rentable que la experiencia, nos ofrecerán fama.

Por eso es muy sencillo decir: “Basta de que los partidos nos pongan influencers.”

De acuerdo. Pero falta completar la frase: Basta también de votar por alguien únicamente porque es influencer.

Los partidos tienen una enorme responsabilidad sobre la calidad de las candidaturas que presentan. Pero nosotros tenemos otra sobre la calidad de las candidaturas a las que les damos el poder.

México ha llevado a cargos públicos a personas provenientes del deporte, el espectáculo, los medios de comunicación, la empresa y muchas otras actividades. Eso, por sí mismo, no debería descalificar a nadie. La profesión anterior no determina el resultado.

La pregunta debería ser otra:

¿Está preparado para el cargo que pretende ocupar?

Porque gobernar requiere cercanía, pero también conocimiento. Requiere sensibilidad, pero también capacidad.

Requiere honestidad, pero la honestidad por sí sola tampoco administra un presupuesto, diseña una política de seguridad, entiende una ley de ingresos, organiza servicios públicos o construye instituciones.

Los asuntos públicos requieren preparación.

El voto necesita criterio

Podrán existir medios pagados para atacar a un político y otros dispuestos a aplaudir todo lo que hace. Pero existe una realidad que ninguna campaña puede controlar completamente: la que vemos dentro de nuestras familias y comunidades.

Podrán decirnos que un hospital funciona extraordinariamente. La familia que pasó horas esperando atención tendrá información adicional.

Podrán decirnos que una ciudad es segura. Quien camina todos los días por sus calles tendrá su propia experiencia.

Podrán decirnos que el apoyo para adultos mayores compró voluntades. Pero antes de repetirlo quizá deberíamos escuchar a la persona adulta mayor que no puede trabajar y que recibe ese apoyo.

Será ella quien pueda explicarnos qué representa en su vida: si percibió condicionamiento político, si modificó su voto por recibirlo o si simplemente significó un ingreso que le permitió comprar medicamentos, alimentos o conservar un mínimo de independencia.

La realidad social es mucho más compleja que un eslogan. Por eso participar no significa solamente votar. Significa construir criterio antes de hacerlo. Asomarnos a la vida de nuestra comunidad. Escuchar al que vive distinto, comparar, investigar, preguntar y después decidir.

También somos responsables de la sociedad que construimos

Pero existe todavía otra parte del espejo.

Queremos gobiernos honestos mientras toleramos pequeñas corrupciones cuando nos benefician.

Queremos calles limpias mientras alguien sigue tirando basura.

Queremos policías incorruptibles, pero alguien todavía intenta ofrecer dinero para evitar una multa.

Queremos que los políticos respeten las leyes mientras nosotros buscamos la excepción que nos permita incumplirlas.

Ninguna acción gubernamental será suficiente mientras la sociedad no evolucione junto con sus instituciones. Puede el gobierno combatir la corrupción desde las instituciones, pero difícilmente podremos erradicarla si seguimos considerando aceptable la pequeña corrupción cuando nos beneficia.

Por eso nuestros gobernantes son también, en alguna medida, nuestro espejo. No porque cada ciudadano sea responsable individualmente de todo lo que haga un gobernante. Ni porque votar por alguien signifique aprobar posteriormente cada una de sus decisiones. Sino porque una elección revela también aquello que una sociedad está dispuesta a permitir y, yo me atrevo a decir, a premiar.

Y ahí está nuestra responsabilidad. Nosotros, los ciudadanos, también tenemos que elevar la exigencia con la que elegimos. Necesitamos algo más que llenar las urnas. Necesitamos llenarlas de criterio.

Quizá entonces dejemos de preguntarnos solamente por qué tenemos los políticos que tenemos y comencemos a formular una pregunta mucho más incómoda: ¿Qué estamos premiando como sociedad cuando votamos?

Nuestros gobernantes no llegan de otro planeta. Nacen en nuestras comunidades, comparten muchas de nuestras costumbres, conocen nuestras aspiraciones y también nuestras debilidades.

Los partidos pueden decidir a quién ponen en la boleta. Pero nosotros decidimos a quién ponemos en el poder. Y si queremos mejores gobiernos, quizá el primer paso sea dejar de mirar únicamente hacia arriba y atrevernos, de vez en cuando, a mirarnos también en el espejo.

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