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OPINIÓN

Señora, por favor ¡no se siente nunca!

¿Será que Madonna tiene pacto con el diablo?

Lunes, 28 de Septiembre de 2026

¿Madonna tiene pacto con el diablo? Esa es la pregunta que buena parte de la comunidad LGBTIQ+ llevamos décadas haciéndonos. Lo que es un hecho es que Madonna es la piedra sobre la que hemos edificado una iglesia. Pero una iglesia requiere de un culto, un culto requiere de velas prendidas y las velas requieren de una santita a la cual rezarle. Y la de nosotros tiene nombre y apellido y además, es milagrosa: Madonna Louise Ciccone.

Pero regresémonos un poco. Yo fui niño en los años ochenta y crecí en un barrio obrero de Monclova, Coahuila. Una ciudad donde el calor llega a los 40 grados a la sombra y las calles desiertas te regalaban música a cada paso. Al interior de las casas siempre había baile. Si tuviera que ponerle un género a la ciudad, ese sería la cumbia y luego, pisándole los talones, la música norteña. De Sonido Mazter y Tropicalísimo Apache a Los Cadetes de Linares y Los Invasores.

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Monclova es una ciudad trans: nació en el cuerpo y el clima equivocados. Quedaría bien a un ladito de Mérida, pero se me hace que el diablo la castigó por arrabalera, bailadora y feliz. De castigo la mandó al norte y como grillete le puso esa horrible bola de acero llamada Altos Hornos de México. En ese ambiente fui niño o niña, ya ni sé.

Pero así como Monclova era una trans declarada y sus habitantes, orgullosas Travoltas, yo también me di permiso: “Voy a dejar que se me caiga la manita”. Se me daba natural, no lo busqué, no lo pedí; solita se me empezó a tronar la reversa. Y, ¿qué creen? La ciudad trans y sus habitantes vestidas me empezaron a ver raro y comenzó la cantaleta: “No camines así”, “no hables así”, “no cruces la piernita”, “quítate esos tacones, niño, ¿cómo se te ocurre?, ¿acaso eres maricón?” Y entonces agarré la manita, esa que a cada rato se me perdía; la lavé, la metí hasta el fondo del clóset y le puse candado. Hasta que apareció ella.

La conocí siendo todavía un niño. Un amigo tenía algo que entonces para mí era casi una ventana hacia otro planeta: televisión por cable. Ahí estaba el canal MTV. Y ahí estaba Madonna. Después, mi amigo David me grabó un casete de esa mujer, que abrió de una patada el clóset, sacó mi manita y me la regresó con una condición: que se me cayera cuando me diera la gana.

Madonna se llama esa Juana de Arco del joterío, a la que nunca voy a olvidar porque cuando nos conocimos traía corsé dorado, chichis picudas confeccionadas por Jean Paul Gaultier y debajo del brazo, “The Immaculate Collection”. Sería mi amor por los tambores, pero de inmediato me puse a bailar como poseído por aquello de “Express Yourself” y a ensayar la coreografía. Cuando agarré un diccionario inglés-español, la letra me voló la cabeza. Nunca volví a ser el mismo: “Express yourself, don’t repress yourself”.

En ese entonces estaba enamorado de mi mejor amigo hetero y –sin haber leído a Wilde– ya entendía perfecto de qué va el amor que no se atreve a decir su nombre. Ya se imaginarán el viacrucis que vivía a diario en una ciudad conservadora, machista y opresiva, donde los “mataputos” eran celebrados, en un tiempo en que no existía la palabra bullying y se ensañaban con todo lo que fuera diferente.

Pero a mi vida llegó Madonna como una aparición de la Virgen. Podría decir mil cosas sobre ella y sobre cómo llegó a iluminar mi vida desde que era un adolescente gay. Pero lo voy a resumir: cuando estaba confundido y buscaba un modelo a seguir; cuando estaba en busca de mi identidad; cuando me daba miedo lo que sentía y mi familia, mis amigos, la escuela y la Iglesia me enseñaban que traía el diablo adentro, que era una aberración de la naturaleza; cuando me inyectaron vergüenza y trataron de que remara en contra de mí mismo, ella, con su música, su talento, su irreverencia, su feminismo y sus ovarios grandotes para luchar en un mundo de “onvres”, me tomó de la mano y me acompañó en el camino de ser yo.

Su música fue el inicio de esta fraternidad, de décadas de una amistad a prueba de balas, de esa complicidad y de ese culto que profesamos millones de personas en el mundo y cuyo evangelio enseña casi nada: que seas tú mismo, que nunca te avergüences de sentir como sientes, de querer como quieres, de depositar tus cariños y tus labios en donde mejor te parezca y sobre todo, amar. Amar sin miedo, amar con los brazos abiertos, amar como se te pegue la pinshi gana, pero amar mucho.

“Love is love” y eso me lo enseñó esa mujer que es curandera, chamana, madre de las almas aporreadas y sobre todo, una poderosa cantante que es virgen, reina, guerrillera y bruja a la vez. Quienes formamos parte de la comunidad LGBTIQ+ tenemos una diva que nos acompaña en nuestras soledades, nos toma de la mano, nos impulsa a ponernos de pie y seguir adelante, funciona como centro de rehabilitación, terapeuta y cómplice. También nos hace soñar con un mundo mejor, donde todos cabemos.

Han pasado varias décadas desde que yo era aquel niño en Monclova que miraba MTV en casa de un amigo porque él tenía televisión por cable y tuve una revelación. Hoy vuelvo a mirar MTV y ella sigue de pie, divulgando su evangelio, compartiendo su palabra hecha música. Este 27 de septiembre, Madonna regresó a los MTV Video Music Awards, abrió la ceremonia y terminó la noche recibiendo el premio a Artista del Año.

Tiene 68 años. Y entonces me vuelvo a hacer una pregunta que me he hecho otras veces cuando la he tenido enfrente: ¿será que Madonna tiene pacto con el diablo? Cuando la vi por primera vez en concierto, ella cargaba con casi 60 años y arriba del escenario hacía circo, maroma y teatro, y por si fuera poco, cantaba en vivo. Esa noche pasó como un huracán que nos dejó con la boca abierta, de rodillas y con los brazos extendidos en el aire. No todos los días baja Diosa a la Tierra. Esa noche todos nos preguntamos lo mismo: ¿de qué material está hecha?

Solo diré una cosa: Esa noche lloré como loco. Viajé a mi niñez apaleada en Monclova, luego a mi adolescencia, cuando la conocí y le tomé la mano para nunca soltarla. Y entonces, mientras ella cantaba, me vio a los ojos por unos segundos. Solo se me ocurrió decirle dos cosas: “Te amo” y “gracias”. Gracias, Madonna, por enseñarme el camino y por hacerme sentir orgulloso de ser quien soy. Esa noche grité como loco mientras reía y lloraba a la vez. Y no lo dije de dientes para afuera, me salió del corazón: “¡Ya puedo morir en paz!”. No era para menos. Madonna me vio. Me vio a los ojos.

Hoy, unos 35 años después de que aquel niño de Monclova la descubriera en MTV, vuelvo a verla en el mismo lugar, pero no con la misma gente. Madonna, a sus 68 años y con más de cuatro décadas de carrera, regresó a los MTV Video Music Awards para actuar por primera vez en 23 años. Y no regresó precisamente de visita: abrió la ceremonia acompañada por Sabrina Carpenter y Charli XCX, y terminó la noche con siete premios, entre ellos Artista del Año.

Así que regreso a mi pregunta inicial: ¿Madonna hizo un pacto con el diablo? Madonna es mi diva y la de millones de personas, y desde hace más de 40 años, no nos suelta de la mano, no deja de abrazarnos con su música, no deja de ser nuestra matriarca y la Virgen a la que le prendemos veladoras, le rezamos y le agradecemos por pavimentarnos el camino y por pintarlo, además, de arcoíris. Señora, por favor, ¡no se siente nunca. ¡Larga vida a la reina!

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