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OPINIÓN

LLEGAMOS TODAS: a dos años de la transformación de México a manos de la primera mujer presidenta

Durante mucho tiempo nos enseñaron que en México cualquiera podía llegar a ser presidente. Bueno, cualquiera quizá era una manera un poco generosa de decirlo, porque durante más de 200 años de vida republicana todos los que llegaron habían sido hombres. Hasta que llegó Claudia Sheinbaum. Han pasado dos años desde que la primera mexicana…

Domingo, 27 de Septiembre de 2026

Durante mucho tiempo nos enseñaron que en México cualquiera podía llegar a ser presidente. Bueno, cualquiera quizá era una manera un poco generosa de decirlo, porque durante más de 200 años de vida republicana todos los que llegaron habían sido hombres. Hasta que llegó Claudia Sheinbaum.

Han pasado dos años desde que la primera mexicana recibió la banda presidencial y todavía hay algo de aquella imagen que me conmueve. No solamente por ella ni únicamente por lo que representa políticamente. Me conmueve porque inevitablemente pienso en las mujeres que estuvieron antes que nosotras. Mi abuela paterna murió sin ver a una mujer gobernar México. Sus hijas, hoy adultas mayores en su mayoría, sí pudieron verlo. Y yo también.

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Quizá para entender lo que significa para mí ese momento primero tendría que explicar de dónde viene mi forma de mirar la política. Tengo motivos personales para sentirme cercana al movimiento creado por Andrés Manuel López Obrador. No todos cabrían en esta hoja, pero hay uno que cambió literalmente el rumbo de mi vida: la educación. En 2017, después de pasar un año sin estudiar, entré a la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, mi alma máter. La UACM había nacido en 2001, cuando López Obrador encabezaba el gobierno del entonces Distrito Federal, como un proyecto público que buscaba ampliar las posibilidades de acceso a la educación superior. En 2005 obtuvo su autonomía. Para algunos eso será una fecha, un decreto o un dato para una ficha técnica. Para mí fue una oportunidad.

Y cuando una política pública cambia tu vida, resulta bastante difícil verla después como un simple número en un informe de gobierno. Yo sé lo que se siente quedarse fuera de lo que la Constitución marca como derecho. Sé lo que significa preguntarse qué sigue cuando estudiar parece ya no ser una posibilidad. Y también sé lo que significa que, de pronto, se abra una puerta. Por eso siempre habrá agradecimiento.

Tal vez por esa razón, cuando veo el proyecto educativo que Claudia Sheinbaum comenzó en la Ciudad de México con la Universidad Nacional Rosario Castellanos, pienso que en algún lugar del país debe existir una joven que está experimentando algo parecido a lo que yo sentí. El proyecto, que comenzó en la capital, adquirió carácter nacional por decreto presidencial en diciembre de 2024; además, el Gobierno planteó la creación de 150 mil nuevos lugares mediante esta universidad. Probablemente esa joven no esté pensando en ideologías, partidos ni movimientos políticos. Probablemente solo esté pensando: “Voy a poder estudiar”. Y a veces así comienza una transformación.

El 1 de octubre de 2024 Claudia Sheinbaum pronunció una frase que desde entonces ha repetido muchas veces: “No llego sola, llegamos todas”. No fue únicamente una consigna. En su primer mensaje como presidenta habló de aquellas mujeres conocidas y anónimas que imaginaron un tiempo en el que el género con el que nacemos no determinara nuestros sueños. 

Por supuesto, “llegamos todas” no significa que aquella mañana todas despertáramos con despacho en Palacio Nacional (aunque a algunas no nos vendría nada mal). Significa representación. Y la representación importa.

Importa que una niña escuche hablar de la presidenta y no solamente del presidente. Importa que vea a una mujer como comandanta suprema de las Fuerzas Armadas. Importa que las fotografías de las reuniones donde se toman las decisiones del país ya no estén destinadas exclusivamente a hombres. Porque lo que hoy puede parecernos normal fue imposible para millones de mujeres antes que nosotras.

Actualmente trabajo, recibo un salario, voto, opino, tengo derechos y obligaciones y puedo construir mi propia vida. Parece elemental escribirlo en 2026. No siempre lo fue. 

Nos acostumbramos tan rápido a nuestros derechos que a veces pareciera que venían incluidos con el acta de nacimiento. No siempre ha sido así. Antes hubo mujeres que trabajaron sin reconocimiento, que no tuvieron más que depender económicamente de alguien más, que vivieron violencias que ni siquiera tenían nombre público, que soportaron injusticias convertidas en costumbre y que tuvieron que pelear por derechos que hoy mi generación ejerce cotidianamente. En mi propio linaje hubo sacrificios, desigualdades y violencias.

Por eso, cuando veo a una mujer con la banda presidencial no puedo verla únicamente como el triunfo individual de Claudia Sheinbaum. Hay muchas historias detrás. 

Pero ser mujer no basta…

También creo que algo que puede sonar contradictorio, después de todo lo anterior, es que una mujer no es mejor gobernante simplemente por ser mujer. Como tampoco un hombre lo es por haber nacido como tal. El género importa cuando hablamos de las barreras históricas que tuvieron que romperse para llegar hasta aquí. 

Gobernar bien exige otras cosas: inteligencia, capacidad, sensibilidad, carácter y, sobre todo, humanidad. Ahí está quizá una de las razones por las que personalmente admiro a Claudia. Y reconocerlo tampoco significa renunciar a exigirle.

Una mujer en la Presidencia no hizo desaparecer los feminicidios. No terminó automáticamente con la violencia contra las mujeres, ni borró la desigualdad económica, ni consiguió que cada mexicana pudiera caminar tranquila por la calle. Falta muchísimo por hacer. Pero también sería injusto afirmar que todo se quedó en el símbolo.

Durante sus primeros meses de gobierno se incorporaron a la Constitución disposiciones sobre igualdad sustantiva, derecho de las mujeres a una vida libre de violencia y erradicación de la brecha salarial por razones de género. La reforma modificó siete artículos constitucionales.

Su administración puso en marcha la Pensión Mujeres Bienestar, que para marzo de 2026 llegaba a casi tres millones de mexicanas de entre 60 y 64 años.  Y los Centros LIBRE, destinados a ofrecer acompañamiento jurídico, psicológico y herramientas para la autonomía de las mujeres, alcanzaron en junio de 2026 más de mil espacios en operación distribuidos por toda la República Mexicana.

¿Eso significa que ya llegamos todas? No. Significa que esa frase tiene que seguir siendo una exigencia. Porque “llegamos todas” perdería sentido el día que se convierta únicamente en una frase bonita para imprimir en una lona.

Los últimos dos años tampoco han sido sencillos. Claudia ha tenido que gobernar entre problemas internos, personajes de su propio movimiento que seguramente más de una vez deben poner a prueba hasta la paciencia de una científica y una relación con Estados Unidos particularmente compleja tras el regreso de Donald Trump.

Y sí: personalmente creo que debería prescindir de un par de personajes. Quizá de algunos pares. Pero esa será materia para otra columna.

Lo que me resulta difícil negar es el temple que ha mostrado frente a escenarios en los que una declaración equivocada puede convertirse, en cuestión de minutos, en un problema diplomático, económico o comercial.

Su expresión de “cabeza fría” ha terminado por convertirse en casi una definición de su estrategia frente a Estados Unidos: firmeza en los principios, pero sin buscar una confrontación. Ella misma explicaba a comienzos de 2026 que la relación exige “temple” para mantener la cooperación entre dos países que serán vecinos permanentemente.

Francamente, yo habría perdido la paciencia varias veces. Afortunadamente para México, ella no gobierna con mi paciencia. Y eso también rompe algunos estereotipos incómodos.

Durante siglos se argumentó, de una u otra manera, que las mujeres éramos demasiado emocionales para ejercer determinados espacios de poder. Hoy una mujer se sienta a negociar con el presidente de Estados Unidos, dirige a las Fuerzas Armadas y toma decisiones para más de 130 millones de personas. Supongo que aquello de que nos ganaban las emociones envejeció bastante mal.

También creo necesario hacer una distinción. Andrés Manuel López Obrador construyó un movimiento político que hizo posible la continuidad de un proyecto de izquierda en México. Su peso político es indiscutible y, en mi historia personal, mi agradecimiento hacia lo que representó tampoco desaparecerá. Pero Claudia no es el logro de López Obrador.

Sería bastante extraño celebrar que, después de siglos, una mujer llegó a la presidencia para inmediatamente explicarnos que, en realidad, llegó gracias a un hombre. Sheinbaum recibió un movimiento, una estructura y un proyecto político. Como otros presidentes recibieron partidos, estructuras y herencias de quienes los antecedieron. Pero ganar una elección, convertirse en la mujer más votada de la historia del país, asumir la presidencia y sostener durante estos años las decisiones de su gobierno pertenecen a su propia historia. La continuidad pudo ser parte del camino. El legado tendrá que ser suyo. 

Mi abuela no alcanzó a verlo. Y regreso a ella, a mi abuela, porque finalmente, esta inspiración no empezó realmente con Claudia Sheinbaum. Empezó mucho antes: con las mujeres que hicieron posible que las siguientes tuviéramos un poco más de libertad que ellas. Mi abuela no alcanzó a ver a una mujer recibir la banda presidencial. Sus hijas sí y yo puedo sentarme frente a una computadora, trabajar, recibir un salario, firmar una columna con mi nombre y opinar sobre la mujer que gobierna mi país.

Y tal vez algún día una niña mexicana lea en un libro que le cuente que durante más de dos siglos nunca hubo una presidenta y eso le resulte tan absurdo como hoy nos parecen otras prohibiciones que alguna vez fueron consideradas normales.

Ojalá le cueste entenderlo. Porque el verdadero triunfo no es tener una primera presidenta, sino llegar al día en que tener una segunda, una tercera o una décima deje de sorprendernos.

Claudia dijo que llegamos todas y en realidad todavía no; pero una ya llegó hasta donde ninguna había llegado antes. Y detrás de ella hay millones de mujeres, vivas y muertas, que empujaron la historia, aunque nunca pudieron contemplar el resultado. Entre ellas está Evelia, mi abuela.

Por eso, a dos años de aquella imagen, yo todavía siento orgullo. Y también un nudo en la garganta.

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