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¡La Fábrica de Chucky abrió la puerta a otro monstruo! ¿El clasismo?

Entre denuncias por ruido y calles saturadas, algunos comentarios abren otra discusión: ¿se exige tranquilidad o también se está decidiendo quién tiene derecho a disfrutar de la ciudad?

¡La Fábrica de Chucky abrió la puerta a otro monstruo! ¿El clasismo?

“Está horrible, parece mercado”, escribió un usuario en redes sociales, mientras otro calificó a los visitantes como “gente irracional que viene de fuera”, estos son algunos de los comentarios que pueden leerse en publicaciones de Facebook relacionadas con SOS Lindavista Manos Unidas A.C., una organización vecinal enfocada en las problemáticas y la defensa del entorno de la colonia Lindavista, en la alcaldía Gustavo A. Madero. Y es que, al parecer, el verdadero terror no estaba únicamente en la famosa casa de Chucky, sino también en la controversia que provocó la llegada de cientos de visitantes. Lo que comenzó como una decoración de Halloween terminó convirtiéndose en un debate sobre convivencia, seguridad y posibles prejuicios sociales.  

La llamada Fábrica de Chucky, ubicada en Quito 864, se volvió viral por transformar la fachada de una vivienda particular en un escenario inspirado en el muñeco diabólico. La instalación, de acceso visual gratuito, atrajo a familias, jóvenes y aficionados al terror, pero también generó inconformidades por aglomeraciones, basura, vendedores ambulantes, ruido nocturno y dificultades para circular. Ante las denuncias, la alcaldía Gustavo A. Madero, encabezada por Janecarlo Lozano, anunció el 14 de octubre la suspensión temporal de actividades durante los días 15 y 16, argumentando la necesidad de proteger la tranquilidad y seguridad de los habitantes. 

Pese a ser válidas las quejas sobre la invasión del espacio de los vecinos de la zona, el desprecio hacia los que visitan la atracción no debe pasar desapercibido. Entre las publicaciones vecinales también aparecen reclamos legítimos, como el de una residente que afirmó que el ruido continuaba hasta las 23:26 horas y cuestionó la falta de soluciones permanentes. Otro usuario denunció dificultades para transitar por las calles cercanas. Sin embargo, expresiones como “parece mercado” o las referencias despectivas a personas que llegan de otras zonas merecen una reflexión distinta: ¿el problema es realmente la conducta de los asistentes o incomoda que un espacio residencial se convierta en punto de reunión para personas ajenas a la colonia?

La preocupación de los vecinos no puede reducirse a una acusación de clasismo

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 La Jornada documentó denuncias por obstrucción de accesos, tránsito intenso, ruido, conductas inapropiadas e incluso confrontaciones. Los residentes presentaron una queja colectiva con el folio SUAC-1010264734236, en la que solicitaron intervención de las autoridades. Estos señalamientos deben investigarse y atenderse, porque ninguna celebración justifica impedir que alguien entre a su casa, descanse o transite con seguridad, pero esas conductas tampoco autorizan a descalificar colectivamente a quienes simplemente acudieron a conocer una decoración.

¿Y la alcaldía? 

La suspensión respondió a las quejas, pero deja una pregunta importante: ¿qué medidas concretas permitirían resolver el conflicto sin cancelar una actividad que también forma parte del disfrute cultural de la ciudad? Hasta la información pública analizada, no se había detallado un esquema permanente de control de aforo, horarios, limpieza, ordenamiento de vendedores o gestión del tránsito para futuras visitas. El gobierno tiene la responsabilidad de garantizar la tranquilidad de los residentes, pero también de encontrar mecanismos de convivencia cuando una iniciativa particular adquiere dimensión pública. Suspender durante dos días puede contener temporalmente el problema; no necesariamente resolverlo. 

Al final, Lindavista no tendría por qué elegir entre convertirse en un parque de diversiones improvisado o cerrar sus calles a quienes vienen de otros lugares. La discusión exige responsabilidad de los visitantes, respeto hacia los residentes y respuestas claras de la autoridad y obliga a revisar nuestros propios prejuicios, pues no toda protesta vecinal es clasista, pero tampoco toda expresión de rechazo está libre de discriminación. Porque si algo dejó al descubierto la Fábrica de Chucky es que, a veces, los monstruos más incómodos no están en la decoración, sino en nuestra dificultad para compartir una misma ciudad. 

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